Blanca Nieves

Aprovechando las discusiones culturales del momento, me asomo, con cierta cautela, a las imágenes que ofrece Blanca Nieves, el nuevo remake de acción real de Disney con el que Marc Webb pretende reimaginar la película animada de Blancanieves y los siete enanos (Hand, 1937) con la finalidad, supongo, de acondicionar la fábula a la urgencia progresista de moda que rechaza el sentido común para imponer por la fuerza una presunta agenda de inclusividad. Lejos de la polémica que tiene a varios grupos políticos enfrentándose por nimiedades en redes sociales, lo que observo en más de hora y media me deja lo suficientemente anestesiado como para saber que se trata, francamente, de un remake sin alma y aburrido a perpetuidad, que produce serios efectos dormitivos con el cuento de hadas desabrido de los siete enanos CGI y la princesita pretensiosa que Rachel Zegler encarna sin gracia, donde en cada minuto me asalta la ligera sospecha de que la casa del ratón a tirado por la ventana la posibilidad de recuperar los viejos valores que, érase una vez, la condujeron a su renacimiento. La trama se ambienta en un reino y, tras un pequeño prólogo que explica la benevolencia de unos monarcas con su gente, se muestra a Blancanieves, varios años después, como una joven princesa que recibe el acoso de la reina envidiosa que usurpa el trono que pertenecía a su padre desaparecido y también la tiene de sirvienta; pero cuyo destino la lleva a huir del castillo con ayuda del Cazador que es enviado para matarla por haber liberado a un bandido y, además, a buscar refugio en la casa de siete enanos que viven en el bosque como mineros. En términos generales, la narrativa se esquematiza sobre algunos de los pasajes del clásico animado cuando la princesa ingenua es buscada por la reina malvada y consigue ayuda de los siete enanos mientras espera por el príncipe azul que la rescata. El problema principal, sin embargo, es que el tratamiento de los personajes carece de una base sólida de desarrollo porque sus acciones, por lo regular, se limitan solo a describir inútilmente una serie de situaciones que solo funcionan como catalizador para impulsar conflictos superfluos y predecibles, condicionados sobre los estereotipos que frecuentan los lugares comunes de los manuales básicos del wokismo, donde cada acción adoptada por un personaje está predeterminada por cuestiones de género, raza y diversidad étnica. De esta manera, permanezco en un completo estado de abulia frente a la reina caprichosa que le habla al espejo complaciente para pedirle que nombre a "la más bella de todas"; la odisea de Blancanieves para superar la maldad que la castiga por su apariencia; las ocurrencias de los siete enanos que tienen personalidades diferentes y trabajan contentos como proletarios en las minas de diamantes; la aventura paralela del ladrón que, con sus siete ladrones, le roba a los ricos para darle a los pobres antes de enamorarse de Blancanieves. Las canciones solo describen obviedades. Las escenas no enganchan y los diálogos, entre otras cosas, tienden a repetirse en más de una ocasión. No hay sorpresas; solo fórmulas y clichés. Lo peor de todo, quizás, radica en el comentario de marcado carácter feminista, que se entiende como la búsqueda de empoderamiento de una princesita presuntamente solidaria que, en su afán buenista de justicia social y de dudosa pureza moral, induce a los demás a que sigan su capricho de recuperar la herencia monárquica que le arrebató la reina judía para establecer un régimen de pensamiento monolítico en el que todos son aparentemente felices sobre la idea de la comunidad inclusiva. Al margen de esta síntesis discursiva, reconozco que Zegler tiene algo de talento para el canto, pero, en general, su actuación es igual de mediocre que la contraparte de Gal Gadot como la villana estereotipada. Ninguna de las dos impide que la película, incluso con su diseño de vestuario carnavalesco, me caiga como una manzana podrida.


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Ficha técnica
Título original: Snow White
Año: 2025
Duración: 1 hr. 49 min.
País: Estados Unidos
Director: Marc Webb
Guion: Erin Cressida Wilson
Música: Jeff Morrow, Benj Pasek, Justin Paul
Fotografía: Mandy Walker
Reparto: Rachel Zegler, Gal Gadot, Andrew Burnap, Ansu Kabia
Calificación: 3/10

La última gran actuación

La última gran actuación es una película independiente en la que, Gia Coppola, rescata del olvido a la emblemática Pamela Anderson para hablar, supongo, de aquel tópico en boga en algunos círculos feministas sobre la cosificación de la mujer en la industria del espectáculo. La aclamación que ha obtenido desde su paso por los festivales de cine me ha hecho cuestionar su guion en más de una ocasión porque, francamente, a pesar de la actuación destacada de Anderson, tengo la ligera sensación de que el drama carece de pulso y, a menudo, permanece estacionado en una zona convencional que tiende a su subrayar demasiado las obviedades de la bailarina que desea el último show antes de que se cierren las cortinas. La trama, situada en la famosa ciudad de Las Vegas, se centra en la vida de Shelly Gardner, una corista de mediana edad que se enfrenta a la incertidumbre del desempleo después de enterarse de que la revista clásica de estilo francés en la que ha actuado durante tres décadas, Le Razzle Dazzle, está a punto de cerrar en un casino de The Strip. En términos generales, la narrativa capta mi interés cuando se muestra el dilema ético-moral de Shelly bajo los estándares del drama sobre el showbiz, en el que es una protagonista que lucha en contra distintas circunstancias cotidianas que sirven para acentuar las cosas de su pasado que apenas se reflejan en los diálogos. El problema fundamental, sin embargo, radica en que el guion debilita la psicología de Shelly y suele colocarla, más bien, en una serie de situaciones superficiales que se vuelven terriblemente reiterativas cuando los personajes hablan más de lo necesario para advertir la desdicha que ella atraviesa. En este sentido, deduzco de inmediato que las acciones de ella se reducen a las conversaciones en el camerino con las amigas más jóvenes que ensayan frente al espejo los bailes exóticos; los intercambios con la mejor amiga que trabaja como camarera de cócteles; las discusiones para recuperar el vínculo con la hija distanciada a la que abandonó por su trayectoria profesional; las intervenciones con el productor del espectáculo que anuncia todo por el micrófono. Todo luce demasiado puesto, previsible, sin alcanzar nunca algún grado de impulso dramático. Y sospecho que esto es así porque, valga la redundancia, Coppola adopta un enfoque discursivo que utiliza las acciones de los personajes para construir, en su capa dialógica, un discursillo de marcado carácter feminista sobre la cosificación de la mujer en la esfera del espectáculo, entendido ahora como la imposibilidad de perseguir los sueños de una bailarina de clase obrera a la que el tiempo le pasó por encima y que, por desgracia, nunca pensó en ampliar sus aptitudes invirtiendo el poco capital que ganaba para arriesgarse a buscar otras formas de ingreso a través de las oportunidades culturales ofrecidas por la danza en un mercado competitivo, en aquellos días en que bailaba para entretener a un público que solo la valoraba por ser joven y sexy. El inconveniente con este discurso, acomodado para los abanderados agentes de la justicia social que suelen demonizar el capitalismo desde el privilegio, es que se torna irremediablemente dúctil cuando se coloca a la rubia del showbiz como la empleada que es víctima de un sistema capitalista que la tiene como muñeca de porcelana en vitrina a punto de ser reemplazada por una nueva, negando inútilmente algunas de las ventajas estructurales de los mismos procesos sociales que cuestiona. Anderson, entre otras cosas, ofrece algunos momentos como la bailarina frustrada que anhela redimirse y rechaza la responsabilidad maternofilial para cumplir sus caprichos egoístas. Este registro expresivo de Anderson, capturado por con cierta destreza formal por Coppola en unas cuantas escenas, demuestran, de algún modo, lo que hubiese sido su carrera si no consolidara su estatus en la playa como símbolo sexual en bikinis rojos.


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Ficha técnica
Título original: The Last Showgirl
Año: 2024
Duración: 1 hr. 28 min.
País: Estados Unidos
Director: Gia Coppola
Guion: Kate Gersten
Música: Andrew Wyatt
Fotografía: Autumn Durald
Reparto: Pamela Anderson, Kiernan Shipka, Brenda Song, Jamie Lee Curtis, Dave Bautista, Jason Schwartzman
Calificación: 5/10


Su olor

Tras unas cuantas temporadas sin acercarme al cine del cineasta independiente Alex Ross Perry, regreso a su filmografía con el visionado de Su olor, una película en la que vuelve a colaborar con Elisabeth Moss tras la espléndida Reina de la Tierra (2015). Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Moss ofrece aquí una actuación notable que se roba toda las escenas, pero, por desgracia, el retrato sobre la estrella de rock autodestructiva es innecesariamente largo y casi no tiene un pulso dramático que se escape del artificio calculado. La trama se ambienta durante los años 90 y sigue un fragmento de Becky Something, la vocalista de una popular banda de punk rock que, detrás de los escenarios, asiste a su propia ceremonia de caos y autodestrucción; mientras adopta un comportamiento insoportable que la aleja de sus propias compañeras de banda, de su exesposo y su hija, de su mánayer y de cualquier colaborador que se entrometa en su inevitable descenso al abismo. En términos generales, la narrativa sigue al pie de la letra aquel manual del drama musical sobre rock, donde se muestra en un par de escenas los dilemas éticos y morales de una estrella de rock en decadencia. El arranque es, desde luego, un poco interesante cuando se presenta la volatilidad de la protagonista a través de cinco escenas larguísimas. El problema central, no obstante, es que el tono desigual sube y baja el volumen sin pedir permiso, dejando a los personajes en una superficie acomodaticia en la que surgen conflictos triviales que solo funcionan para darle impulso a la psicología fracturada de Becky sin ningún propósito en específico. En este sentido, siento que los personajes carecen de profundidad y, a menudo, sus acciones se reducen a una serie de situaciones reiterativas que tienden a subrayar demasiado el horizonte de obviedades que se presenta en la larga sesión de grabación del próximo álbum de la banda que termina en frustración y renuncias; la negación de Becky para aceptar que el tiempo le pasó por encima y ya no es famosa como antes; la etapa sobria en la que Becky, ya retirada, descubre el valor del vínculo maternofilial con su pequeña hija. El rastro dialógico, en general, expone las vicisitudes de la artista para sintetizar un comentario feminista bien soterrado sobre los sacrificios de la maternidad, pero entendido ahora como la irresponsabilidad de una estrella de rock egocéntrica que descubre, en medio su caótica existencia, la necesidad de ser una madre responsable para cuidar a su hija como nunca la quisieron a ella. La interpretación de Moss consigue captar, con su mirada y los gestos de su rostro, la personalidad de una mujer ciclotímica que cambia abruptamente los estados de ánimo para ocultar las heridas personales que la condujeron a llevar una vida errática, egoísta, agresiva, infeliz, depresiva, desordenada y completamente absorbida por los excesos de la fama (a través de los diálogos y las líricas de las canciones se revela lentamente el cuadro disfuncional de su familia). La expresividad de Moss opera en un nivel que simplemente oscurece a todo el que se le acerca. Y Perry, entre otras cosas, aprovecha su registro expresivo para dimensionar las características de Becky con cuestiones formales como el primer plano, la elipsis, el encuadre móvil y el sobreencuadre que se complementa sobre un material de archivo encontrado que parece como si estuviera filmado con una cámara de los 90. La música, de igual modo, se integra con consistencia en algunas escenas puntuales. Pero, desafortunadamente, ninguno de estos elementos logra añadirle algo de sustancia a la rutina de la rockera corrosiva con el pelo rubio y guitarra en mano.


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Ficha técnica
Título original: Her Smell
Año: 2018
Duración: 2 hr. 16 min.
País: Estados Unidos
Director: Alex Ross Perry
Guion: Alex Ross Perry
Música: Keegan DeWitt, Alicia Bognanno
Fotografía: Sean Price Williams
Reparto: Elisabeth Moss, Amber Heard, Cara Delevigne, Dan Stevens, Agyness Deyn
Calificación: 6/10
Gauguin: viaje a Tahiti

Tras tener unos cuantos años sin acercarme a estudiar las pinturas de Paul Gauguin, consumo durante más de hora y media las imágenes de Gauguin: viaje a Tahití, un biopic del director francés Edouard Deluc que examina, a modo anecdótico, un fragmento del pintor posimpresionista durante su primer viaje a la isla de la Polinesia. Para conseguirlo ofrece algunos planos paisajísticos dotados de exotismo tropical y una interpretación aceptable de Vincent Cassel, pero, en general, me da la sensación de que apenas se pinta la superficie del artista incomprendido y casi no hay amplitud en el lienzo para conocerlo. El argumento retrata la existencia de Gauguin a partir del año 1891 y lo muestra, dicho sea de paso, como un pintor desdichado que se gana la vida como obrero mientras pinta cuadros que no logra vender en su tiempo libre, pero que, luego de abandonar a su esposa y sus hijos, se exilia en Tahití para encontrar la inspiración como artista independizado de la decadencia moral y de aquella estética academicista de la civilización europea que le pone barreras comerciales a su arte. En términos generales, la narrativa me causa cierta impresión por ese arranque interesante que presenta a Gauguin como un pintor absorbido por la pasión de pintar que, de alguna manera, halla en la selva tropical una cura existencial para los demonios internos de la miseria y la soledad, donde toma como esposa a una bella mujer indígena llamada Tehura, a la que pinta como protagonista de sus pinturas más emblemáticas. El problema fundamental que observo, no obstante, es que el trato biográfico de Gauguin pierde fuerza dramática porque, entre otras cosas, Deluc opta por mostrarlo con unas pinceladas convencionales que nunca le agregan profundidad a la naturaleza conflictiva del personaje, acomodándolo en una inercia de situaciones reiterativas que me induce a pensar, en más de una ocasión, que hubo algo de holgazanería de parte de los guionistas para investigar la biografía de este antes de trasladarla al guion. Las acciones de Gauguin, por lo regular, se reducen a las sesiones de pintura a puerta cerrada con la nativa que es más joven que él; la enfermedad que lo coloca en el hospital del doctor local; los intercambios culturales con la tribu de nativos que viven felices como una comunidad; los paseos en la jungla para buscar los materiales del lienzo a imprimar; la imposibilidad de vender los cuadros en el mercado del pueblo; los duros días de trabajo como un obrero del muelle que carga sacos para sostener a su familia. Apenas hay una escena en la que pinta "El espíritu de los muertos vela". La falta de trama nunca establece un hilo conductor y, por lo tanto, las acciones del personaje se mantienen estacionadas en una circularidad de conflictos banales en los que nunca se proyecta un motivo claro que impulsa al pintor a permanecer allí para pintar sus cuadros. La actuación de Cassel, por lo menos, ejerce un registro expresivo que es algo auténtico cuando utiliza los gestos y la mirada para mimetizar algunos de los rasgos de la volátil personalidad de Gauguin, mostrándolo como un hombre curioso en tierras lejanas que halla estímulos visuales en los paisajes exóticos y en las extrañas costumbres de los isleños, aunque muchas veces el guion no le proporciona un momento para salir de la zona de confort. Encuentro, asimismo, algunas impresiones en los valores estéticos con los que Deluc adorna la figura de Gauguin a través del uso de los azules verdosos que enriquecen los filtros cromáticos y las amplias panorámicas que reflejan la sensualidad exótica de Tahití que se vierte sobre los ríos, las montañas, las chozas y las playas. La música, de igual modo, se integra con consistencia en ciertas escenas. Nada de esto, sin embargo, evita la ausencia de pulso en su retrato banal sobre el sufrimiento de un artista.


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Ficha técnica
Título original: Gauguin: Voyage to Tahiti (Gauguin: Voyage de Tahiti)
Año: 2017
Duración: 1 hr. 42 min.
País: Francia
Director: Edouard Deluc
Guion: Etienne Comar, Edouard Deluc, Sarah Kaminsky, Thomas Lilti
Música: Warren Ellis
Fotografía: Pierre Cottereau
Reparto: Vincent Cassel, Malik Zidi, Tuheï Adams, Pernille Bergendorff
Calificación: 5/10
El cuento de los cuentos

En El cuento de los cuentos, el director italiano Matteo Garrone recupera algunos rastros de su poética de la fábula para adaptar, entre otras cosas, la homónima colección de cuentos de hadas napolitanos del siglo XVII del poeta y cortesano italiano Giambattista Basile. Lo que observo en sus imágenes me induce a pensar que Garrone se preocupa por añadirle autenticidad al vestuario y los decorados, pero los tres cuentos fantásticos carecen de gracia y se tornan irremediablemente aburridos en su sentido de ironía macabra, durante dos largas horas en las que el metraje se estira innecesariamente sin ningún propósito en específico. La historia se divide en tres fábulas separadas por tiempo y espacio. En la primera, una reina que no puede concebir hijos queda embarazada tras comer el corazón de un dragón marino extirpado por el rey y cocinado por una cocinera virgen, donde alcanza cierta felicidad al criar a un príncipe con el pelo blanco que, irónicamente, también tiene como gemelo al otro hijo de la cocinera pobre; algo que despierta en ella un sentimiento de rechazo cuando ve que los dos se tratan como si fueran hermanos inseparables que se intercambian los roles. La segunda tiene como protagonista a un lujurioso rey que se acuesta con todas las mujeres de su reino para satisfacer sus placeres, pero cuyo destino lo lleva a estar intrigado por el sonido del canto celestial de una mujer a la que corteja fuera de su casa sin saber, dicho sea de paso, que ella es una de dos hermanas mayores que viven como ancianas recluidas. En la tercera, el rey de un castillo ubicado en un desierto se obsesiona con una pulga gigantesca que esconde en su habitación como mascota y la que lo obliga, más adelante, a ofrecer en matrimonio a su hija al primera hombre que adivine la piel del bicho. Estos relatos están adornados con una extraña mezcla ironía, caos y tragedia, bajo los efectos comunes del cine fantástico. Sin embargo, en la superficie los personajes carecen de un desarrollo que los aleje de los estereotipos caricaturescos y, en términos generales, sus acciones se reducen a una serie de situaciones banales carentes de encanto que me hacen sospechar, en más de una ocasión, del blandengue guion. Los diálogos a puerta cerrada y la acumulación de conflictos nimios se torna excesivamente larga. Simplemente me canso de mirar la desdicha de la reina que persigue al vástago que desaparece con el gemelo bastardo; la lujuria del rey que se casa con la anciana que recobra la belleza al convertirse en una joven; la obsesión del rey que, desde su trono, entrega a su hija a un ogro feo que adivina la procedencia de la piel de su pulga muerta. El barullo, en su síntesis discursiva, elabora un comentario social que interroga, desde la dialéctica de los caprichos humanos, los dilemas que surgen del poder, el deseo, la juventud, la maternidad y la vejez.; con ligeros subtextos que apuntan a las diferencias de clases sociales como causa principal de ciertos prejuicios. Las actuaciones del reparto encabezado por Salma Hayek, Vincent Cassel y Toby Jones me resultan olvidables. Pero consigo subrayar, por lo menos, los valores de producción que se encuentran presentes en el vestuario, el maquillaje prostético, la auténtica reproducción de la época y los efectos especiales con los que se renderiza a los monstruos mitológicos. La banda sonora de Alexandre Desplat tiene, de igual forma, algunas melodías que se integran con consistencia en algunas escenas. Todo lo demás, en su registro rebuscado de fantasía, me provoca una sensación de letargo a medida que se extiende sin razón, como aquel cuento de nunca acabar.


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Ficha técnica
Título original: Tale of Tales (Il racconto de racconti)
Año: 2015
Duración: 2 hr. 14 min.
País: Italia
Director: Matteo Garrone
Guion: Matteo Garrone, Edoardo Albinati, Ugo Chiti, Massimo Gaudioso
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Peter Suschitzky
Reparto: Salma Hayek, Vincent Cassel, Toby Jones, John C. Reilly, Bebe Cave, Alba Rohrwacher
Calificación: 5/10
Blancanieves

En Blancanieves, el director español Pablo Berger accede a mimetizar la estética del cine mudo, sospecho, con el fin de ofrecer una nueva versión del cuentito de los hermanos Grimm. Como experimento, supe que Berger llegó a decir que era su "carta de amor al cine mudo europeo", pero que, de igual forma, se sintió aludido cuando supo de la competencia que suponía El artista (Hazanavicius, 2011). Las casi dos horas que invierto en ella me obligan a razonar lo suficiente como para saber que, entre otras cosas, al menos funciona decentemente cuando adopta las propiedades formales del cine mudo, pero tengo la sensación de que es una fábula oscura adornada de facilismos y a la que le falta emotividad en sus apuntes folclóricos sobre la cultura española. Su argumento se ambienta sobre una mirada romántica de la Andalucía de la década de 1920 y sigue la existencia de Carmen. En una primera mitad, ubicada luego de un pequeño prólogo en el que la madre muere durante el parto y su padre queda paralítico después de un traumático accidente taurino, se muestra la infancia de Carmen como la de una niña que lleva una infancia aparentemente feliz al cuidado de su abuela, pero cuyo destino, tras la muerte de esta, se oscurece cuando queda bajo los castigos de la madrastra caprichosa y perversa que se casó con su padre para quitarle la fortuna, en los días en que se reúne con frecuencia con su padre indefenso y mira el paso de los años hasta ser una adulta bondadosa. En la segunda mitad, se presenta a Carmen como una mujer que, luego de escapar de los abusos de la madrastra y del intento de violación de un fascista en el bosque, es acogida por un grupo de toreros enanos que se refieren a ella como "Blancanieves", mientras busca recuperar la memoria y forma parte de un espectáculo ambulante de toreros con enanismo. El problema fundamental que encuentro, no obstante, es que la narrativa suele frecuentar lugares comunes sin ir a ninguna parte en específico y, en general, las acciones de los personajes se esquematizan sin gancho al montarse sobre la base de las descripciones banales del guion, donde el tono inocentón mantiene a la Blancanieves española suspendida en una inercia de situaciones predecibles de las que no capto otra cosa que una abulia constante. Los personajes son empleados por Berger como simples autómatas, en una mezcla extraña entre el drama de época y la fantasía de mayoría de edad, que reflejan, en el epicentro del conflicto, un discurso político muy soterrado sobre la emancipación femenina y la opresión política, pero entendido como la lucha de una mujer que anhela encontrar la felicidad lejos de la perversidad que acecha su libertad desde una ventana, simbolizando, además, la esperanza de un pueblo a punto de ser oprimido en el contexto previo al franquismo. El texto, que arroja algo de veneno a la derecha, cobra mayor intensidad en el clímax en el que Carmen, como torera, mantiene la tradición de su padre para enfrentarse al toro negro que la amenaza y superar así sus temores intrínsecos antes de ser envenenada por la bruja del velo negro (la contienda metaforiza la expresión popular como la fuerza verdadera que expulsa a los "malos" regímenes). Aparte de estos tropiezos, hallo creíble la actuación de Maribel Verdú como la villana de la mansión que expresa su vileza con el rostro, los gestos y la mirada. Ella eclipsa la ternura buenista de Macarena García. Y también es encuadrada por Berger en una puesta en escena que funciona más bien como un ejercicio de estilo que adopta la relación de aspecto 4:3, los intertítulos, la sobreimpresión, la elipsis, los decorados, el vestuario, el blanco y negro monocromático, la auténtica reproducción del período y el montaje rítmico para aproximarse formalmente a la esencia de una película silente. Esto es lo único que resuena conmigo porque, a decir verdad, su trágico cuento de hadas queda colgado en una zona muy regular.


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Ficha técnica
Título original: Blancanieves
Año: 2012
Duración: 1 hr. 44 min.
País: España
Director: Pablo Berger
Guion: Pablo Berger
Música: Alfonso de Vilallonga
Fotografía: Kiko de la Rica 
Reparto: Macarena García, Maribel Verdú, Daniel Giménez Cacho, Ángela Molina
Calificación: 6/10
Furia de titanes

Furia de titanes es una película de Louis Leterrier que yo, oportunamente, nunca pude ver cuando se estrenó hace unos 15 años con una recepción en la taquilla que la convirtió en una de las más taquilleras de 2010. No sé por qué la pasé por alto en aquella ocasión, pero ahora, tras pasar más de hora y media consumiendo sus imágenes para sumarme a la conversación tardía, asumo que la hubiese recibido de la misma forma si la hubiera visto en aquellos años. Como épica fantástica ofrece un derroche de secuencias de acción con CGI cutre y una clase de mitología gratuita sobre dioses griegos, pero, en general, es tan plana como una piedra tallada con la cabeza de Medusa, con un héroe insípido que solo me invita a pensar, en más de una ocasión, que Sam Worthington es un pésimo actor. El argumento tiene como protagonista a Perseo, un hombre que, luego de ser testigo de la muerte de su familia en manos de las Furias controladas por Hades, se une a unos soldados de la ciudad de Argos que le declaran la guerra a los dioses, con la finalidad de buscar una manera de derrotar al Kraken y desafiar a los creadores. En términos generales, la narrativa se ensambla siguiendo las pautas convencionales de la aventura péplum de fantasía, en las que el héroe mitológico emprende un largo viaje junto a sus colegas y se enfrenta con su espada los diversos enemigos que obstaculizan su camino. El problema fundamental, no obstante, es que los personajes carecen de desarrollo más allá de las descripciones baladíes de los estereotipos mitológicos y sus acciones, por lo regular, se reducen a una serie de situaciones fáciles que se resuelven de una manera descaradamente predecible, además de escupir unos diálogos inanes que dicen más de los guionistas que de ellos mismos. En este sentido, no hay ninguna sorpresa cuando observo los facilismos de la odisea de Perseo, Io y los guardias reales liderados por Draco cuando pelean contra el corrompido Acrisio en un bosque, los escorpiones gigantes del desierto y la gorgona Medusa que reside en el Inframundo. Hasta sin el ojo de las Brujas Estigias se sabe lo va a pasar cuando los héroes son obstaculizados por los secuaces del malvado Hades y Perseo descubre nuevas habilidades mientras carga su espada legendaria y se monta sobre el Pegaso negro. Las secuencias de acción permanecen estacionadas en una ausencia de fuerza que no me engancha y solo me produce una sensación de abulia cuando veo desperdiciarse a unos actores talentosos. Worthington no me parece que sea creíble como el heroico guerrero que es el semidiós elegido, y en muchas escenas se nota sus carencias expresivas y su oxidada pericia física, además de que no tiene nada de química con Gemma Arterton. Ralph Fiennes, por el contrario, sí evoca una presencia malévola y siniestra como Hades. A esto se suma, de igual modo, unos efectos visuales acartonados que me obligan colocar la mano en la cabeza cuando soy testigo del pobre renderizado de la pirotecnia aparatosa y los monstruos mitológicos. Leterrier, por lo menos, se preocupa por añadirle autenticidad al vestuario y a los escenarios que reproducen los templos antiguos, junto con unos cuantos planos panorámicos que son de mi agrado. Pero nada de esto evita, sin embargo, que la epopeya mitológica se desplome como el Kraken petrificado en el golfo de Argos.


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Ficha técnica
Título original: Clash of the Titans
Año: 2010
Duración: 1 hr. 46 min.
País: Estados Unidos
Director: Louis Leterrier
Guion: Travis Beacham, Phil Hay, Matt Manfredi
Música: Ramin Djawadi
Fotografía: Peter Menzies Jr.
Reparto: Sam Worthington, Mads Mikkelsen, Liam Neeson, Ralph Fiennes, Gemma Arterton, Liam Cunningham
Calificación: 4/10