La trama sigue la vida de Zhang Zili, un detective de la policía que investiga junto a su compañero los crímenes horrendos de un asesino en serie que suele desmembrar a sus víctimas antes de esparcir los restos por varias fábricas de carbón en la provincia de Heilongjiang en el año 1999, aunque el caso se enfría luego de un tiroteo durante una operación fallida, donde cinco años después, ya convertido en un alcohólico degradado que trabaja de guardia de seguridad, reaparece el mismo patrón de crímenes vinculado a la viuda del primer muerto, Wu Zhizhen, una mujer sinuosa que trabaja en una tintorería, por lo que decide seguir investigando por su cuenta.
En términos generales, la narrativa arranca de una manera interesante al estructurar el asunto sobre las fórmulas habituales del neo-noir que sigue el esquema del policía caído, la femme fatale taciturna y el pasado que no se cierra. El problema fundamental, no obstante, es que el guion de Diao no se toma la molestia de desarrollar la psicología del protagonista más allá de las descripciones que condicionan su motivación y, a menudo, opta por reducir sus acciones a una circularidad de situaciones que intenta dimensionar el conflicto sobre diálogos expositivos y giros predecibles, sin que haya algún golpe de efecto que amplifique la intriga.
La pulsión de las escenas, por lo regular, avanza a trompicones sin que se pueda esquematizar el componente psicológico interno de cada personaje, además de que el tono sobrio se intercala con estallidos de violencia que me resultan gratuitos. El ritmo simplemente tropieza hasta volverse fatigoso cuando la investigación propiamente dicha queda relegada a un segundo plano casi decorativo, reducida a la obsesión de Zhang al seguir a Wu por las calles nevosas solo para reafirmar la obviedad de que “todos los hombres que se acercan a ella mueren”. Básicamente, las piezas del tercer acto se revelan de una manera forzada, como si el guion hubiera sido recortado de una versión mucho más larga (se habla de un primer corte de casi cuatro horas) sin cuidar la coherencia.
La actuación de Liao Fan me parece ligeramente convincente al ejercer su expresividad para interpretar a Zhang como un detective afectado por el pasado, aunque tengo la sensación de que a su personaje le falta profundidad psicológica y solo permanece como el estereotipo apagado del policía ético y autodestructivo. Gwei Lun-mei, por su parte, ofrece una interpretación contenida como la mujer enigmática que oculta algunas verdades, a pesar de que su complejidad no es tan explorada lejos de lo dialógico.
Con estos actores Diao, construye un comentario sobre la alienación producida por la industrialización y las consecuencias de la violencia de género en la sociedad china, a menudo con una significación simbólica ―el hielo, el carbón, los fuegos artificiales, la pista de patinaje― que busca subrayarlo a través del fuera de campo, el primer plano, el uso del color, la elipsis y, asimismo, las panorámicas absorbentes de Dong Jingsong, que captan la soledad urbana que hay detrás de las atmósferas frías. Estos elementos, que se integran con cierta solvencia en la puesta en escena, manifiestan la actitud estética de Diao para la construcción narrativa, pero, por desgracia, no son suficientes para corregir las deficiencias estructurales detrás de unas pretensiones textuales que son, a mi parecer, acríticas y bastante obvias.
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Título original: Black Coal, Thin Ice (Bai ri yan huo)
Duración: 1 hr. 50 min.
País: China
Director: Diao Yinan
Guion: Diao Yinan
Música: Wen Zi
Fotografía: Dong Jingsong
Reparto: Liao Fan, Gwei Lun-Mei, Wang Xuebing, Yu Ailei
Calificación: 5/10






