La trama, ubicada en el contexto de una sociedad colapsada por una pandemia de gripe, sigue la vida de Hig, un piloto civil viudo que sobrevive en un aeropuerto abandonado de Colorado junto a su perro Jasper y Bangley, un exmarine paranoico y armado hasta los dientes; donde su existencia se reduce a patrullas en una vieja Cessna, saqueo de suministros y defensa del perímetro, pero cuando recibe una transmisión de radio misteriosa, se ve obligado a salir en busca de algo más, y termina topándose con médica Cima y su padre Pops.
Esta premisa, en un principio, tiene un arranque que me resulta interesante al plantear el conflicto sobre los tropos habituales del drama psicológico, la aventura de acción y la ciencia-ficción posapocalíptica. Sin embargo, la propuesta pierde pulsión por las debilidades narrativas de un guion que no se toma la molestia de ampliar el desarrollo del protagonista lejos de las descripciones superfluas que justifican su motivación y, a menudo, opta por reducir las acciones a una serie de situaciones predecibles que se construyen sobre diálogos pretenciosos y exposición calculada.
En este sentido, la película tropieza con una circularidad que carece de gancho al mostrar las rutinas diarias de Hig con su perro por los bosques; las sospechas de Bangley para disparar a distancia con su rifle a los Reapers que intentan invadir la propiedad; la relación romántica que tiene Hig con Cima luego de compartir las mismas heridas del pasado. Estas escenas ponen de manifiesto temas que exploran la soledad, la esperanza residual y la necesidad de conexión humana sobre el aislamiento. Pero no hay grandes revelaciones. El material abandona la cohesión hasta volverse disperso, sin riesgo ni tensión, sin ninguna profundidad psicológica al gravitar sobre las obviedades, avanzando a un ritmo irregular que se reparte entre secuencias de supervivencia, conversaciones íntimas, patrullaje aéreo y tiroteos expositivos que solo extienden innecesariamente una narración que de por sí es demasiado convencional para tomarla en serio.
Elordi trata de imponer su expresividad estoica para interpretar a Hig como un mecánico honesto afectado por la muerte de su esposa y el fuerte vínculo con su perro porque aún cree en la humanidad, pero su presencia física no ayuda a farmear aura, en un guion que no le da aristas ni contradicciones psicológicas al personaje moralmente impoluto que interpreta. Qualley aporta algo de química con Elordi, pero su personaje solo queda como interés romántico. Entre ellos dos, Brolin se roba unas cuantas escenas como el arquetipo del tipo duro que sobrevive y mata a los malos con metralleta en mano.
En términos generales, la dirección de Scott es, por lo menos, correcta al depositar algunas virtudes en la construcción de la atmósfera posapocalíptica que se beneficia, hasta cierto punto, de los escenarios que decoran los sitios abandonados y de un trabajo de fotografía solvente de Erik Messerschmidt, que logra captar las panorámicas de esos paisajes boscosos, bajo una textura compositiva iluminada por luz natural. Estos elementos, sin embargo, no logran añadirle sustancia a una película que, en definitiva, se convierte en un producto anodino que solo sirve como labor de autoindulgencia, de un director que sigue rodando a los 88 años con admirable obstinación.
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Título original: The Dog Stars
Duración: 1 hr. 58 min.
País: Estados Unidos
Director: Ridley Scott
Guion: Mark L. Smith, Christopher Wilkinson
Música: Harry Gregson-Williams
Fotografía: Erik Messerschmidt
Reparto: Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce, Benedict Wong, Allison Janney
Calificación: 5/10






