La trama, ubicada en un apartamento de San Francisco durante una sola noche, sigue a Joe y Angela, una pareja que atraviesa una crisis en su relación, aunque se niegan a expresar lo que sienten con honestidad hasta que deciden invitar a cenar a sus vecinos de arriba, Piña y Hawk, una pareja más libre y abierta que hace que la velada se convierta en un campo de batalla emocional, sexual y psicológico.
Esta premisa tiene un arranque interesante, supongo, por la manera en que ajusta la narrativa sobre las fórmulas teatralizadas del drama y la comedia romántica, donde las parejas hablan a puerta cerrada sobre las presiones matrimoniales. Sin embargo, el guion tiende a debilitar gradualmente el desarrollo de los personajes a través de una sobreexplicación que solo sirve como base para justificar motivos triviales y, a menudo, opta por un tratamiento previsible que reduce sus acciones a un cuadro de situaciones expositivas que arrastra el peso de su origen teatral al pronunciar los golpes de efecto, donde las conversaciones empiezan a sentirse demasiado estructuradas, como si todos estuvieran cumpliendo un esquema de "verdades incómodas". Entre estas escenas, los giros y algunas revelaciones dramáticas llegan con demasiada rapidez, resultándome algo forzadas por las pretensiones de la pareja anfitriona cuando acepta con relativa facilidad ciertas proposiciones.
Esto ocurre así, particularmente, porque Wilde utiliza las dinámicas de los personajes para enunciar un comentario sobre el aburrimiento matrimonial, el deseo reprimido y el miedo al cambio; entendido como la negación de un hombre y una mujer para aceptar las diferencias y reconocer la fragilidad de su relación producida por los compromisos personales que lastran su responsabilidad cotidiana. Esto es específicamente cierto, dicho sea de paso, porque Joe y Angela descubren lo que han perdido como pareja al convertirse, irónicamente, en pacientes psicoterapéuticos de sus propios invitados, donde Hawk y Piña logran que ambos expresen las frustraciones que se niegan a desvelar por temor y vergüenza (el resentimiento que se tienen por la ausencia de comunicación y la falta de relaciones sexuales). Esta síntesis discursiva tiene cierta coherencia al interrogar la institución matrimonial y la ética conyugal de las relaciones abiertas, aunque su sesgo progresista tiende a ignorar otras complejidades morales.
Las actuaciones, por lo menos, ofrecen algo de eficacia. Seth Rogen entrega una interpretación contenida, recuperando su característico humor negro para mostrar a Joe como un profesor de música inseguro y frustrado que se protege con sarcasmo para ignorar las necesidades emocionales de su esposa. Wilde, de igual modo, ofrece una expresividad creíble al interpretar a Angela como una mujer perfeccionista al borde del colapso que intenta mantener las apariencias a toda costa. Penélope Cruz aporta una naturalidad directa como la sexóloga divorciada, mientras Edward Norton equilibra el carisma con un toque de arrogancia suave como el viudo. El cuarteto, por añadidura, tiene mucha química.
En general, la dirección de Wilde muestra algunas virtudes al subrayar la psicología de los personajes a través del primer plano, el uso simbólico del color verde, el campo-contracampo, el sobreencuadre, el sonido diegético, el plano-contraplano y, sobre todo, las atmósferas herméticas de Adam Newport-Berra, que iluminan con cierta textura proxémica los espacios interiores. Wilde también aprovecha la banda sonora de cuerdas ominosas de Devonte Hynes. Estos elementos ponen de manifiesto la pericia técnica de Wilde para la puesta en escena pero, por desgracia, me temo que no son suficientes para añadirle pulso narrativo a su propuesta didáctica y melodramática sobre parejas fragmentadas por el pasado.
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Título original: The Invite
Duración: 1 hr. 47 min.
País: Estados Unidos
Director: Olivia Wilde
Guion: Rashida Jones, Will McCormack
Música: Devonte Hynes
Fotografía: Adam Newport-Berra
Reparto: Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz, Edward Norton
Calificación: 6/10






