La trama sigue a Mother Mary, una cantante popular que, tras sufrir un accidente durante un concierto, se prepara para su regreso a los escenarios mientras reaparece en la vida de Sam, su antigua diseñadora de moda y amante, para pedirle un último vestido.
Esta premisa, en un principio, me interesa hasta cierto punto por la manera en que se ajusta sobre las fórmulas del musical, el thriller y el drama psicológico que se suele presentar sobre celebridades en crisis. El problema fundamental, sin embargo, es que el guion de Lowery no se toma la debida molestia de añadir sustancia al desarrollo de la protagonista al margen de las obviedades y, a menudo, opta por justificar sus acciones sobre unas situaciones que se arreglan inútilmente a través de diálogos rebuscados y escenas expositivas.
A nivel estructural, las escenas tienden a rellenarse sobre monólogos solemnes sobre desdichas, temores, vestidos, espectros. Hay un granero convertido en atelier para brujería, hay ropa flotando como fantasmas, hay referencias religiosas y hay, sobre todo, mucha, mucha charla sobre heridas, ambición, celos, posesión, vanidad y reapropiación.
En la superficie, todo suena profundo hasta que me detengo a escuchar lo que realmente se está diciendo y descubro, en efecto, un discurso militantemente feminista sobre feminidad, fama y cosificación sexual; que se entiende como los traumas psicológicos de dos mujeres que se hicieron daño mutuamente en el pasado para aprovechar la oportunidad de ascender a la esfera del éxito lejos de los deseos obsesivos de poseer, y que ahora pretenden reconciliarse en un espacio simbólico de sororidad mediante un baño de retórica comunicativa sobre empoderamiento colectivo y sanación compartida.
Esto es particularmente cierto porque Mary es una cantante que muestra sus heridas personales mientras canta, baila y rememora la traición afectiva hacia Sam en estado de arrepentimiento. El vestido rojo simboliza el sacrificio de la mujer exitosa que es cosificada por la presión sobre el cuerpo, la pérdida de autonomía y los excesos de la fama que la conducen a la caída del ego. Esta síntesis discursiva, sin embargo, abandona su coherencia al construirse sobre una capa progresista que, por añadidura, tiende a ser contradictoria al mostrar la relación idealista de Mary y Sam sobre un maniqueísmo que reduce el asunto a una relación de poder y dependencia, que nunca se atreve a mirar de frente la posibilidad de que dos mujeres también pueden ser egoístas, destructivas y competitivas sin que eso logre convertirlas en "víctimas" del patriarcado. En pocas palabras, predica de una manera hipócrita y moralmente selectiva su mirada sobre la frivolidad femenina en el mundo del espectáculo.
Hathaway, al menos, ofrece una interpretación decente como la cantante que se mueve entre el arquetipo de diosa católica kitsch que se “libera” mostrando las heridas de cuerpo, aunque su personaje es unidimensional y solo sirve como accesorio decorativo del texto. Michaela Coel, por su parte, está completamente desaprovechada en un personaje que solo se muestra como víctima racial.
En términos generales, la dirección de Lowery deposita sus pocas pericias en el diseño de vestuario conceptual, los decorados oníricos y las atmósferas sombrías que son fotografiadas con cierta actitud estética. Pero, desgraciadamente, ninguno de estos elementos permiten sacar del abismo a este producto dúctil y terriblemente plano sobre una estrella del pop.
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Título original: Mother Mary
Duración: 1 hr. 51 min.
País: Reino Unido
Director: David Lowery
Guion: David Lowery
Música: Daniel Hart
Fotografía: Andrew Droz Palermo, Rina Yang
Reparto: Anne Hathaway, Michaela Coel, Hunter Schafer
Calificación: 4/10






