En esta nueva película, Christopher Nolan adapta por completo el mito del legendario poema griego de Homero. Descubre de qué se trata.
En La odisea, Christopher Nolan se toma algunas licencias creativas con el objetivo de adaptar, en cierta medida, la epopeya griega de Homero que todavía sigue recitándose en la actualidad tras haber sido hipotéticamente transcrita por escribas que fijaron el poema por escrito cuando se inventó el alfabeto durante la Edad de Hierro, en algún punto de la región jónica entre los siglos VIII y VII a.C. También incorpora rastros literarios de la traducción progresista escrita por la clasicista y traductora Emily Wilson. Se dice que inicialmente se sintió confiado para adaptar la historia épica de Homero traducida por Wilson después de trabajar en varias producciones a gran escala durante los siguientes 20 años, ya que previamente rechazó la propuesta de Warner Bros. Pictures para dirigir a Troya (Petersen, 2004) —basada en la Ilíada, predecesora de la Odisea de Homero— porque "sentía que no conectaba con la historia". Esta película es, por así decirlo, su proyecto ensueño personal que desarrolló junto a su esposa, la productora Emma Thomas, para cumplir la deuda pendiente.
La aclamación casi unánime que ha obtenido de la crítica de sofá, que canta la palabra "monumental" como si fuese una rapsodia, me hicieron pensar en principio en el alcance que podía tener la reinterpretación de uno de los pilares de la literatura occidental que se traía Nolan entre manos, incluso en medio de la polémica de redes sociales desatada por nimiedades del casting. Sin embargo, lo que me encuentro en tres horas es una epopeya fantástica que, pese a su envergadura técnica, se convierte en un acto prolongado de profanación cultural, donde las pretensiones de Nolan chocan con un ejercicio narrativo aburrido y deficiente sobre las consecuencias éticas de la guerra, sin alma, sin emoción alguna, que deshonra las tradiciones griegas del poema original para dedicar una parte significativa de su metraje a estirar las conversaciones repetitivas de un reparto encabezado por Matt Damon y Anne Hathaway.
La trama, ubicada en una época de aparente magia, se divide paralelamente en dos líneas temporales que se cruzan. Por una parte, sigue a Telémaco (Tom Holland) como el joven príncipe que, en ausencia de su padre Odiseo, es testigo de la decadencia de su reino en el palacio de Ítaca cuando mira las burlas de los pretendientes de su madre Penélope (Anne Hathaway) —por seguir la ley de Zeus de honrar a los huéspedes para honrar a los dioses—, liderados por el maquiavélico Antínoo, (Robert Pattinson), quien tiene el plan de cortejar a Penélope para reclamar el trono y destronar a Odiseo. Por la otra, muestra a Odiseo (Matt Damon) como el legendario rey griego que, sentado en una playa junto a la ninfa exiliada Calypso (Charlize Theron), recuerda las estratagemas de escabullirse dentro de un caballo durante la guerra de Troya y el largo viaje de regreso a Ítaca que emprende en un barco con su ejército de guerreros junto a su leal amigo Euríloco (Himesh Patel), donde se enfrenta además a todo tipo de calamidades tanto en mar como tierra mientras es guiado por la diosa Atenea (Zendaya).
En términos generales, Nolan estructura el asunto sobre las fórmulas habituales del cine de acción de espada y sandalias, la épica fantástica y la aventura marítima con la finalidad, supongo, de reinterpretar las claves del poema homérico desde los marcos de su poética del tiempo, donde los flashbacks funcionan como un catalizador para interrogar la memoria de un héroe caído en desgracia. El problema fundamental, no obstante, es que su guion comete el error de debilitar el desarrollo singular de Odiseo más allá de las descripciones obvias que justifican su motivación de regresar a casa, además de colocarlo en una serie de situaciones previsibles que tienden a avanzar en bucles al repetir ideas circulares sin desarrollarlas sustancialmente, con unos diálogos expositivos que solo buscan rellenar el contexto del relato sobre explicaciones rebuscadas de personajes secundarios. Este debilitamiento de Odiseo por el exceso del punto de vista de personajes secundarios es, por añadidura, uno de los defectos estructurales más evidentes de su película.
De este modo, pierdo gradualmente el interés por la historia que Nolan me trata de narrar cuando observo los cuentos del ciego Eumeo (John Leguizamo) sobre los viejas hazañas de su discípulo Odiseo ante la esperanza de que regrese; el viaje de Telémaco a Esparta para solicitar ayuda del rey Menelao (Jon Bernthal) sobre el paradero de su padre; la llegada de Odiseo a una isla en la que se enfrenta al cíclope Polifemo que los captura a él y a sus soldados dentro de una cueva; la conspiración de Antínoo junto a su amante Melanto (Mia Goth) para engañar a Penélope y asesinar a Telémaco tras su regreso; las anécdotas que comparte Menelao sobre el plan de Odiseo de esconderse dentro de un gran caballo de madera para invadir Troya; el desembarco de Odiseo en la isla de Eea donde donde los gigantes lestrigones destruyen dos barcos y matan a la mayoría de sus hombres en medio de la huida; el pacto de Odiseo con la hechicera Circe (Samantha Morton) para revertir el hechizo que transforma a sus guerreros en cerdos. La narrativa abandona la cohesión por el afán de sintetizar, sin gancho, la inercia expositiva.
En la epopeya homérica, Odiseo emerge como un protagonista complejo, polifacético, precisamente porque sus interacciones con figuras secundarias —dioses, monstruos, aliados y antagonistas— revelan progresivamente sus virtudes: astucia, resiliencia, lealtad y ambigüedad moral. Cada encuentro (con Circe, el cíclope, las sirenas o los pretendientes) profundiza su carácter a través de pruebas específicas que ponen a prueba su humanidad frente a la adversidad, impulsado además por factores externos y por un orgullo desmedido que lo lleva a retar abiertamente a los dioses.
En esta adaptación de Nolan, el héroe homérico experimenta una transformación que reduce notablemente su estatura épica, al pasar de encarnar un agente astuto y proactivo a convertirse en una figura predominantemente reactiva y dependiente de las circunstancias que lo rodean. Sus acciones posteriores a la guerra de Troya manifiestan una vulnerabilidad que erosiona su imagen legendaria, mostrándolo más bien como un individuo atormentado por las secuelas psicológicas del conflicto, incluyendo los saqueos, las violencias y las pérdidas irreparables que lo empujan hacia un abismo de inestabilidad mental que acentúa sus decisiones impulsivas. Este Odiseo, que es castigado por los dioses por su gran soberbia y por herir a los hijos de las deidades, genera elecciones apresuradas que comprometen la seguridad de su tripulación y amenazan el éxito de su retorno a Ítaca. Su imagen, en la superficie, es la de un líder falible cuya arrogancia no alcanza la grandeza trágica, sino que subraya una fragilidad humana explorada desde una perspectiva contemporánea que empobrece la dimensión moral y heroica del arquetipo original.
Si bien esta caracterización de Odiseo es, hasta cierto punto, presentable en los cuadros descriptivos que expone el guion de Nolan, a menudo noto que se ve entorpecida de manera significativa por la proliferación de personajes secundarios —aliados, antagonistas, testigos históricos— que operan solo como figuras banales de relleno narrativo dentro de las subtramas paralelas. Se pone poco o ningún esfuerzo en desarrollar algún sentido de personalidad para los personajes. Penélope, por ejemplo, frustra el avance de los pretendientes porque tiene la esperanza de que Odiseo regrese a casa. Telémaco quiere buscar a su padre para impedir que Antínoo se adueñe del trono. Pero otros como Eumeo, Calipso, Menelao, Agamenón (Benny Safdie), Helena de Esparta (Lupita Nyong'o), Euríloco y Sinón (Elliott Page) compiten por atención en las escenas sin alcanzar lo sustancial, algo que dispersa el tiempo dedicado a explorar los conflictos internos y los dilemas éticos de Odiseo a lo largo del extenuante viaje. Como resultado, la inclusión de todos ellos me resulta mecánica porque solo son arquetipos funcionales que hablan más de lo necesario para responder a una tesis ideológica y, además, entorpecen la individualidad de Odiseo al hacerlo olvidable, previsible y menos heroico.
Por esta razón, sospecho de inmediato que el tratamiento inútilmente diverso que Nolan le otorga a los personajes está condicionado por una reinterpretación que, en efecto, traiciona el texto de Homero al profanarla con lecturas progresistas que pierden rigor incluso con sus inexactitudes históricas —como la introducción de conceptos anacrónicos de violencia de género y colonialismo en un contexto micénico—. Esto, en primer lugar, convierte el viaje de Odiseo en una alegoría sobre el determinismo social, la violencia contra la mujer y las estructuras de poder que crean el sinsentido de la guerra, sugiriendo que el héroe ya no es un agente de su propio destino porque más bien es una víctima que se da cuenta que es un "esclavo" de un sistema opresivo que ejerce su autoridad sobre los individuos para obligarlos a realizar acciones violentas que marcan a los "inocentes" y trascienden el tiempo. Esto es específicamente cierto porque Odiseo es un hombre introspectivo que, a medida que recupera la memoria, es asaltado por la culpa no solo de haber tomado decisiones erráticas que condujeron a la muerte de los soldados más leales que lo llevaron a la victoria, sino de ejercer abrir las puertas al racismo, la esclavitud y la violencia contra la mujer en una sociedad patriarcal.
A nivel subtextual, este discurso de Nolan permanece atado a una mirada militantemente feminista que valida explícitamente la traducción de Wilson como influencia. Para empezar, el arrepentimiento de Odiseo aquí es solo un instrumento que funciona, dentro de sus obviedades, para desmitificar la masculinidad idealizada del heroísmo en la poética homérica al presentar a los hombres como asesinos, machistas, violadores y saqueadores; mientras por el otro lado las mujeres son las víctimas de las desigualdades sistemáticas. Esto se observa en varias escenas durante el metraje, comenzando por la visible cicatriz del rostro de Helena que confirma un pasado de abusos y esclavitud antes de su rapto; la venganza de Circe contra los hombres que refuerza los traumas de la violación; el canto de las sirenas en el que Odiseo escucha el "dolor" simbólico de ellas; la soledad de Calipso por el amor no correspondido de Odiseo que la obliga a darle de comer flores de loto para borrar sus recuerdos y mantenerlo como su amante; la remembranza del espectro de Agamenón al decirle a Odiseo que este fue asesinado por su esposa Clitemnestra luego de que este sacrificara a su hija Ifigenia a Artemisa para obtener su favor.
Sin embargo, la visión de Nolan no la puedo tomar en serio porque, dicho sea de paso, impone su conformidad ideológica para reducir la rica polisemia del poema épico a un esquema dialéctico de opresores y oprimidos que, además de cualquierizar la idea de belleza, elimina la agencia de los personajes, presentando sus acciones como corolarios inevitables de fuerzas macroscópicas, lo cual contradice el espíritu homérico donde el ingenio y la voluntad individual pueden desafiar incluso a los dioses. No deconstruye nada. Niega la afirmación de un orden heroico frente al caos. Y falsifica la noción de "pacifismo". Su reinterpretación del mito es bastante superficial porque solo enuncia, en poca palabras, que el sufrimiento colectivo de mujeres es solo producto de la coacción de los hombres que literalmente violan la "ley de Zeus".
A pesar de estas digresiones conceptuales, la película cuenta con interpretaciones notables que merecen ser rescatadas. Damon emplea su registro expresivo para interpretar a Odiseo como un hombre arrepentido que, tras regresar a su hogar, renuncia a su pasado vil para encontrar el perdón y la redención al proteger a su familia de los villanos y honrar a los caídos (sobre todo a una sacerdotisa ateniense y a Sinón, el débil soldado itacense que es reclutado por error y engaña a los troyanos para introducir el caballo en Troya). Su interpretación transmite la fatiga acumulada de décadas de exilio y la introspección de un guerrero que regresa transformado, demostrando además una pericia física para las secuencias de acción que hallan su punto más elevado al estar comandando el barco en mar abierto (tuvo que aprender a remar esta pesada embarcación de 100 toneladas en el mar) y en la climática contienda del banquete de los pretendientes donde Odiseo logra tensar el arco y disparar una flecha a través de una hilera de cabezas de hacha poco antes de matar a los malos. Anne Hathaway, por su parte, ofrece una actuación decente al interpretar a Penélope como una mujer discreta y resiliente que teje un sudario de día y lo desteje de noche mientras espera a su marido. El resto del reparto es particularmente desechable.
De igual modo, Nolan deposita algunas de las virtudes que caracterizan su ambición como cineasta para la construcción de la puesta en escena al tratarse de la primera película en la historia rodada en su totalidad con cámaras IMAX de 70 mm. Su dirección le presta particular atención a los detalles que hay en el diseño de vestuario, los escenarios que "reproducen" la antigüedad griega a su manera y los efectos especiales prácticos que incluyen un barco de tamaño real con una eslora de 35 metros basado en el diseño de un barco vikingo. Por la parte visual, aprovecha la eficacia fotográfica de Hoyte van Hoytema para concebir escenas que me causan cierta impresión por el uso de la luz natural, la riqueza cromática que alterna tonos fríos con estallidos de calidez dorada y las panorámicas que magnifican los paisajes mediterráneos con la amplitud del gran plano general que tocan un punto alto en la onírica secuencia el inframundo. Por la parte sonora, la mezcla de sonido me llega a molestar los oídos, aunque le saca provecho a la banda sonora compuesta por Ludwig Göransson que se deja escuchar al prescindir de la orquesta tradicional para transmitir la epicidad y la introspección a través de instrumentos de viento y cuerda de la antigua Grecia como el aulós y la lira, además de incorporar instrumentos de percusión como los gongs de bronce.
Con estos elementos, Nolan opta por un realismo que intenta aterrizar la mitología al estar desprovisto de la lírica épica que define el poema homérico. Pero, desafortunadamente, son insuficientes para ofrecerme una experiencia gratificante que se quede conmigo después de los créditos, pues salgo con la sensación de que no me ha contado nada novedoso más allá de los sermones discursivos. El ritmo errático del montaje a cargo de Jennifer Lame solo me produce mareos entre tantas escenas retrospectivas para sobreexplicar el viaje de Odiseo, con un metraje excesivo que abandona su fuerza a partir de la segunda mitad. Y el inverosímil elenco woke solo pone de manifiesto que ya está conquistado por esas modas del vandalismo cultural de la estética occidental. Simplemente me canso de ver a guerreros griegos huyendo por las playas. Su epopeya supone, para mi gusto, la caída del imperio de uno de los directores más emblemáticos del siglo XXI.
Streaming en:
País: Estados Unidos
Director: Christopher Nolan
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Reparto: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Zendaya, Charlize Theron, Lupita Nyong'o, Jon Bernthal, Ben Safdie, John Leguizamo
Calificación: 5/10













