En esta nueva película, Christopher Nolan adapta por completo el mito del legendario poema griego de Homero. Descubre de qué se trata.



La odisea



En La odisea, Christopher Nolan se toma algunas licencias creativas con el objetivo de adaptar, en cierta medida, la epopeya griega de Homero que todavía sigue recitándose en la actualidad tras haber sido hipotéticamente transcrita por escribas que fijaron el poema por escrito cuando se inventó el alfabeto durante la Edad de Hierro, en algún punto de la región jónica entre los siglos VIII y VII a.C. También incorpora rastros literarios de la traducción progresista escrita por la clasicista y traductora Emily Wilson. Se dice que inicialmente se sintió confiado para adaptar la historia épica de Homero traducida por Wilson después de trabajar en varias producciones a gran escala durante los siguientes 20 años, ya que previamente rechazó la propuesta de Warner Bros. Pictures para dirigir a Troya (Petersen, 2004) —basada en la Ilíada, predecesora de la Odisea de Homero— porque "sentía que no conectaba con la historia". Esta película es, por así decirlo, su proyecto ensueño personal que desarrolló junto a su esposa, la productora Emma Thomas, para cumplir la deuda pendiente.


La aclamación casi unánime que ha obtenido de la crítica de sofá, que canta la palabra "monumental" como si fuese una rapsodia, me hicieron pensar en principio en el alcance que podía tener la reinterpretación de uno de los pilares de la literatura occidental que se traía Nolan entre manos, incluso en medio de la polémica de redes sociales desatada por nimiedades del casting. Sin embargo, lo que me encuentro en tres horas es una epopeya fantástica que, pese a su envergadura técnica, se convierte en un acto prolongado de profanación cultural, donde las pretensiones de Nolan chocan con un ejercicio narrativo aburrido y deficiente sobre las consecuencias éticas de la guerra, sin alma, sin emoción alguna, que deshonra las tradiciones griegas del poema original para dedicar una parte significativa de su metraje a estirar las conversaciones repetitivas de un reparto encabezado por Matt Damon y Anne Hathaway.



Matt Damon


La trama, ubicada en una época de aparente magia, se divide paralelamente en dos líneas temporales que se cruzan. Por una parte, sigue a Telémaco (Tom Holland) como el joven príncipe que, en ausencia de su padre Odiseo, es testigo de la decadencia de su reino en el palacio de Ítaca cuando mira las burlas de los pretendientes de su madre Penélope (Anne Hathaway) —por seguir la ley de Zeus de honrar a los huéspedes para honrar a los dioses—, liderados por el maquiavélico Antínoo, (Robert Pattinson), quien tiene el plan de cortejar a Penélope para reclamar el trono y destronar a Odiseo. Por la otra, muestra a Odiseo (Matt Damon) como el legendario rey griego que, sentado en una playa junto a la ninfa exiliada Calypso (Charlize Theron), recuerda las estratagemas de escabullirse dentro de un caballo durante la guerra de Troya y el largo viaje de regreso a Ítaca que emprende en un barco con su ejército de guerreros junto a su leal amigo Euríloco (Himesh Patel), donde se enfrenta además a todo tipo de calamidades tanto en mar como tierra mientras es guiado por la diosa Atenea (Zendaya).


En términos generales, Nolan estructura el asunto sobre las fórmulas habituales del cine de acción de espada y sandalias, la épica fantástica y la aventura marítima con la finalidad, supongo, de reinterpretar las claves del poema homérico desde los marcos de su poética del tiempo, donde los flashbacks funcionan como un catalizador para interrogar la memoria de un héroe caído en desgracia. El problema fundamental, no obstante, es que su guion comete el error de debilitar el desarrollo singular de Odiseo más allá de las descripciones obvias que justifican su motivación de regresar a casa, además de colocarlo en una serie de situaciones previsibles que tienden a avanzar en bucles al repetir ideas circulares sin desarrollarlas sustancialmente, con unos diálogos expositivos que solo buscan rellenar el contexto del relato sobre explicaciones rebuscadas de personajes secundarios. Este debilitamiento de Odiseo por el exceso del punto de vista de personajes secundarios es, por añadidura, uno de los defectos estructurales más evidentes de su película.



Matt Damon y Zendaya


De este modo, pierdo gradualmente el interés por la historia que Nolan me trata de narrar cuando observo los cuentos del ciego Eumeo (John Leguizamo) sobre los viejas hazañas de su discípulo Odiseo ante la esperanza de que regrese; el viaje de Telémaco a Esparta para solicitar ayuda del rey Menelao (Jon Bernthal) sobre el paradero de su padre; la llegada de Odiseo a una isla en la que se enfrenta al cíclope Polifemo que los captura a él y a sus soldados dentro de una cueva; la conspiración de Antínoo junto a su amante Melanto (Mia Goth) para engañar a Penélope y asesinar a Telémaco tras su regreso; las anécdotas que comparte Menelao sobre el plan de Odiseo de esconderse dentro de un gran caballo de madera para invadir Troya; el desembarco de Odiseo en la isla de Eea donde donde los gigantes lestrigones destruyen dos barcos y matan a la mayoría de sus hombres en medio de la huida; el pacto de Odiseo con la hechicera Circe (Samantha Morton) para revertir el hechizo que transforma a sus guerreros en cerdos. La narrativa abandona la cohesión por el afán de sintetizar, sin gancho, la inercia expositiva.


En la epopeya homérica, Odiseo emerge como un protagonista complejo, polifacético, precisamente porque sus interacciones con figuras secundarias —dioses, monstruos, aliados y antagonistas— revelan progresivamente sus virtudes: astucia, resiliencia, lealtad y ambigüedad moral. Cada encuentro (con Circe, el cíclope, las sirenas o los pretendientes) profundiza su carácter a través de pruebas específicas que ponen a prueba su humanidad frente a la adversidad, impulsado además por factores externos y por un orgullo desmedido que lo lleva a retar abiertamente a los dioses.


En esta adaptación de Nolan, el héroe homérico experimenta una transformación que reduce notablemente su estatura épica, al pasar de encarnar un agente astuto y proactivo a convertirse en una figura predominantemente reactiva y dependiente de las circunstancias que lo rodean. Sus acciones posteriores a la guerra de Troya manifiestan una vulnerabilidad que erosiona su imagen legendaria, mostrándolo más bien como un individuo atormentado por las secuelas psicológicas del conflicto, incluyendo los saqueos, las violencias y las pérdidas irreparables que lo empujan hacia un abismo de inestabilidad mental que acentúa sus decisiones impulsivas. Este Odiseo, que es castigado por los dioses por su gran soberbia y por herir a los hijos de las deidades, genera elecciones apresuradas que comprometen la seguridad de su tripulación y amenazan el éxito de su retorno a Ítaca. Su imagen, en la superficie, es la de un líder falible cuya arrogancia no alcanza la grandeza trágica, sino que subraya una fragilidad humana explorada desde una perspectiva contemporánea que empobrece la dimensión moral y heroica del arquetipo original.



Matt Damon


Si bien esta caracterización de Odiseo es, hasta cierto punto, presentable en los cuadros descriptivos que expone el guion de Nolan, a menudo noto que se ve entorpecida de manera significativa por la proliferación de personajes secundarios —aliados, antagonistas, testigos históricos— que operan solo como figuras banales de relleno narrativo dentro de las subtramas paralelas. Se pone poco o ningún esfuerzo en desarrollar algún sentido de personalidad para los personajes. Penélope, por ejemplo, frustra el avance de los pretendientes porque tiene la esperanza de que Odiseo regrese a casa. Telémaco quiere buscar a su padre para impedir que Antínoo se adueñe del trono. Pero otros como Eumeo, Calipso, Menelao, Agamenón (Benny Safdie), Helena de Esparta (Lupita Nyong'o), Euríloco y Sinón (Elliott Page) compiten por atención en las escenas sin alcanzar lo sustancial, algo que dispersa el tiempo dedicado a explorar los conflictos internos y los dilemas éticos de Odiseo a lo largo del extenuante viaje. Como resultado, la inclusión de todos ellos me resulta mecánica porque solo son arquetipos funcionales que hablan más de lo necesario para responder a una tesis ideológica y, además, entorpecen la individualidad de Odiseo al hacerlo olvidable, previsible y menos heroico.


Por esta razón, sospecho de inmediato que el tratamiento inútilmente diverso que Nolan le otorga a los personajes está condicionado por una reinterpretación que, en efecto, traiciona el texto de Homero al profanarla con lecturas progresistas que pierden rigor incluso con sus inexactitudes históricas —como la introducción de conceptos anacrónicos de violencia de género y colonialismo en un contexto micénico—. Esto, en primer lugar, convierte el viaje de Odiseo en una alegoría sobre el determinismo social, la violencia contra la mujer y las estructuras de poder que crean el sinsentido de la guerra, sugiriendo que el héroe ya no es un agente de su propio destino porque más bien es una víctima que se da cuenta que es un "esclavo" de un sistema opresivo que ejerce su autoridad sobre los individuos para obligarlos a realizar acciones violentas que marcan a los "inocentes" y trascienden el tiempo. Esto es específicamente cierto porque Odiseo es un hombre introspectivo que, a medida que recupera la memoria, es asaltado por la culpa no solo de haber tomado decisiones erráticas que condujeron a la muerte de los soldados más leales que lo llevaron a la victoria, sino de ejercer abrir las puertas al racismo, la esclavitud y la violencia contra la mujer en una sociedad patriarcal.



Mia Goth y Anne Hathaway


A nivel subtextual, este discurso de Nolan permanece atado a una mirada militantemente feminista que valida explícitamente la traducción de Wilson como influencia. Para empezar, el arrepentimiento de Odiseo aquí es solo un instrumento que funciona, dentro de sus obviedades, para desmitificar la masculinidad idealizada del heroísmo en la poética homérica al presentar a los hombres como asesinos, machistas, violadores y saqueadores; mientras por el otro lado las mujeres son las víctimas de las desigualdades sistemáticas. Esto se observa en varias escenas durante el metraje, comenzando por la visible cicatriz del rostro de Helena que confirma un pasado de abusos y esclavitud antes de su rapto; la venganza de Circe contra los hombres que refuerza los traumas de la violación; el canto de las sirenas en el que Odiseo escucha el "dolor" simbólico de ellas; la soledad de Calipso por el amor no correspondido de Odiseo que la obliga a darle de comer flores de loto para borrar sus recuerdos y mantenerlo como su amante; la remembranza del espectro de Agamenón al decirle a Odiseo que este fue asesinado por su esposa Clitemnestra luego de que este sacrificara a su hija Ifigenia a Artemisa para obtener su favor.


Sin embargo, la visión de Nolan no la puedo tomar en serio porque, dicho sea de paso, impone su conformidad ideológica para reducir la rica polisemia del poema épico a un esquema dialéctico de opresores y oprimidos que, además de cualquierizar la idea de belleza, elimina la agencia de los personajes, presentando sus acciones como corolarios inevitables de fuerzas macroscópicas, lo cual contradice el espíritu homérico donde el ingenio y la voluntad individual pueden desafiar incluso a los dioses. No deconstruye nada. Niega la afirmación de un orden heroico frente al caos. Y falsifica la noción de "pacifismo". Su reinterpretación del mito es bastante superficial porque solo enuncia, en poca palabras, que el sufrimiento colectivo de mujeres es solo producto de la coacción de los hombres que literalmente violan la "ley de Zeus".



Robert Pattinson


A pesar de estas digresiones conceptuales, la película cuenta con interpretaciones notables que merecen ser rescatadas. Damon emplea su registro expresivo para interpretar a Odiseo como un hombre arrepentido que, tras regresar a su hogar, renuncia a su pasado vil para encontrar el perdón y la redención al proteger a su familia de los villanos y honrar a los caídos (sobre todo a una sacerdotisa ateniense y a Sinón, el débil soldado itacense que es reclutado por error y engaña a los troyanos para introducir el caballo en Troya). Su interpretación transmite la fatiga acumulada de décadas de exilio y la introspección de un guerrero que regresa transformado, demostrando además una pericia física para las secuencias de acción que hallan su punto más elevado al estar comandando el barco en mar abierto (tuvo que aprender a remar esta pesada embarcación de 100 toneladas en el mar) y en la climática contienda del banquete de los pretendientes donde Odiseo logra tensar el arco y disparar una flecha a través de una hilera de cabezas de hacha poco antes de matar a los malos. Anne Hathaway, por su parte, ofrece una actuación decente al interpretar a Penélope como una mujer discreta y resiliente que teje un sudario de día y lo desteje de noche mientras espera a su marido. El resto del reparto es particularmente desechable.



Matt Damon


De igual modo, Nolan deposita algunas de las virtudes que caracterizan su ambición como cineasta para la construcción de la puesta en escena al tratarse de la primera película en la historia rodada en su totalidad con cámaras IMAX de 70 mm. Su dirección le presta particular atención a los detalles que hay en el diseño de vestuario, los escenarios que "reproducen" la antigüedad griega a su manera y los efectos especiales prácticos que incluyen un barco de tamaño real con una eslora de 35 metros basado en el diseño de un barco vikingo. Por la parte visual, aprovecha la eficacia fotográfica de Hoyte van Hoytema para concebir escenas que me causan cierta impresión por el uso de la luz natural, la riqueza cromática que alterna tonos fríos con estallidos de calidez dorada y las panorámicas que magnifican los paisajes mediterráneos con la amplitud del gran plano general que tocan un punto alto en la onírica secuencia el inframundo. Por la parte sonora, la mezcla de sonido me llega a molestar los oídos, aunque le saca provecho a la banda sonora compuesta por Ludwig Göransson que se deja escuchar al prescindir de la orquesta tradicional para transmitir la epicidad y la introspección a través de instrumentos de viento y cuerda de la antigua Grecia como el aulós y la lira, además de incorporar instrumentos de percusión como los gongs de bronce.


Con estos elementos, Nolan opta por un realismo que intenta aterrizar la mitología al estar desprovisto de la lírica épica que define el poema homérico. Pero, desafortunadamente, son insuficientes para ofrecerme una experiencia gratificante que se quede conmigo después de los créditos, pues salgo con la sensación de que no me ha contado nada novedoso más allá de los sermones discursivos. El ritmo errático del montaje a cargo de Jennifer Lame solo me produce mareos entre tantas escenas retrospectivas para sobreexplicar el viaje de Odiseo, con un metraje excesivo que abandona su fuerza a partir de la segunda mitad. Y el inverosímil elenco woke solo pone de manifiesto que ya está conquistado por esas modas del vandalismo cultural de la estética occidental. Simplemente me canso de ver a guerreros griegos huyendo por las playas. Su epopeya supone, para mi gusto, la caída del imperio de uno de los directores más emblemáticos del siglo XXI.



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Ficha técnica
Título original: The Odyssey
Año: 2026
Duración: 2 hr. 52 min.
País: Estados Unidos
Director: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan
Música: Ludwig Göransson
Fotografía: Hoyte van Hoytema
Reparto: Matt Damon, Tom Holland, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Zendaya, Charlize Theron, Lupita Nyong'o, Jon Bernthal, Ben Safdie, John Leguizamo
Calificación: 5/10

Tráiler de La odisea




Para celebrar su obra, selecciono cinco películas esenciales de Ingmar Bergman para los cinéfilos interesados en estudiar su filmografía.




Ingmar Bergman


El cineasta sueco Ingmar Bergman es reconocido por su capacidad única para explorar la complejidad de la condición humana a través de la pantalla. Fue un visionario director, escritor y productor de cine sueco, cuya obra dejó una huella imborrable en la historia del cine. Sus películas, profundamente introspectivas y filosóficas, abordaban temas como la fe, la mortalidad, la existencia y las relaciones interpersonales. Bergman se ganó el reconocimiento internacional con su estilo distintivo.

 

A pesar de su fama, Bergman nunca dejó de cuestionar la naturaleza del ser humano y explorar los rincones más oscuros de la psique humana a través de su arte. Su legado perdura como una inspiración para generaciones de cineastas y amantes del cine en todo el mundo. Entre su vasta filmografía, cinco películas en particular destacan como esenciales para comprender la genialidad y la influencia perdurable de Bergman.



5. Persona (1966)



Persona

Persona es una obra audaz y experimental que desafía las convenciones cinematográficas. La película sigue a una enfermera, Alma, y a una actriz, Elisabet, que permanece con mutismo después de una crisis emocional. A medida que pasan tiempo juntas en una casa junto al mar, sus identidades comienzan a fundirse, desdibujando los límites entre la realidad y la fantasía. Con ello, Bergman crea una exploración fascinante de la dualidad humana, la identidad y la naturaleza de la actuación.



4. Un verano con Mónica (1953)



Un verano con Mónica


Un verano con Mónica es una de las primeras películas de Bergman y muestra su habilidad para capturar la intensidad de las emociones juveniles. La historia sigue a dos jóvenes amantes, Mónica y Harry, que escapan de la monotonía de sus vidas en Estocolmo y se embarcan en un viaje de autodescubrimiento en el archipiélago. La película es un retrato honesto y conmovedor del despertar sexual, la rebeldía juvenil y las inevitables complejidades del amor.



3. El manantial de la doncella (1960)



El manantial de la doncella


Esta obra maestra de Bergman explora temas de venganza, perdón y redención. Situada en la Suecia medieval, la película sigue a Karin, una joven mujer que es violada y asesinada por unos pastores mientras iba a llevar velas a la iglesia. Lo que sigue es un intenso enfrentamiento entre su familia y los perpetradores del crimen. La película es notable por su complejidad moral y su profunda exploración de la naturaleza humana.



2. El séptimo sello (1957)



El séptimo sello


El séptimo sello es quizás una de las películas más icónicas de Bergman. Ambientada en la Europa medieval durante la Peste Negra, sigue a un caballero, Antonius Block, que regresa de las Cruzadas y se encuentra cara a cara con la Muerte. Block desafía a la Muerte a un juego de ajedrez en un intento desesperado por encontrar respuestas sobre la existencia de Dios y el significado de la vida. La película es una meditación profunda sobre la fe, la mortalidad y el silencio divino en tiempos de crisis.


1. Fresas salvajes (1957)



Fresas salvajes


En Fresas salvajes, Bergman nos lleva en un viaje introspectivo a través de la mente de un anciano profesor de medicina, interpretado magistralmente por Victor Sjöström. La película sigue al profesor Isak Borg en un viaje en coche hacia la ciudad de Lund para recibir un premio honorífico. Este viaje físico se convierte en un viaje emocional y espiritual, donde Borg se enfrenta a sus remordimientos, arrepentimientos y el paso del tiempo. La película es una reflexión profunda sobre la memoria, la soledad y la búsqueda de significado en la vida.

 




Obsesión

En medio de las tendencias actuales de la cultura popular, consigo ponerme al día con el visionado de Obsesión, la película de terror del director y youtuber Curry Barker, que ha sido un éxito singular con un presupuesto limitado de apenas $750 mil dólares. Los 118 minutos que dura me obligan a razonar lo necesario como para hacerme saber que no es lo que me vendieron porque, francamente, encuentro que es un thriller psicológico de terror que aparenta originalidad, pero cuyo núcleo narrativo se vuelve algo superficial y redundante al pretender explorar los límites del deseo, el consentimiento y la codependencia de las relaciones. 


La trama sigue a Baron "Bear" Bailey, un joven inseguro que compra un objeto que promete conceder cualquier deseo llamado "Sauce de un Deseo", con el fin de conquistar a su amiga Nikki luego de una cita en un bar con sus colegas del trabajo Ian y Sarah, pero cuya vida se convierte en una pesadilla al pedir el deseo de que Nikki lo ame más que a nadie en el mundo, un acto que lo conduce a tener una relación tóxica con ella que pronto se desintegra por la obsesión, la mentira y la locura. 


En general, esta premisa me resulta en principio un poco original por la manera en que Barker estructura el asunto sobre las fórmulas del thriller psicológico y el terror sobrenatural de posesiones. El problema fundamental, no obstante, es que el guion de Barker comete el error de descuidar el desarrollo de los personajes más allá de las obviedades descriptivas que impulsan el conflicto y, a menudo, opta por colocarlos en unas situaciones previsibles que dejan el rastro de la inconsistencia entre los diálogos expositivos a puerta cerrada que tienden a ser banales. El escalofrío no lo siento. Hay romance, gore, discusiones, vómito, sudor, miedo, heces, muerte, sexo, gratuidad. 


Sin embargo, la narrativa me parece aburrida porque, entre otras cosas, solo utiliza a los personajes como marionetas discursivas de un comentario progresista sobre el consentimiento, la masculinidad tóxica y la fragilidad de la identidad, entendido como la obsesión siniestra de un individuo timorato que se aprovecha de una "sustancia" para seducir a la chica que le gusta antes de ser moralmente castigado por su actitud de acosador. Esto es específicamente cierto porque Bear pone a Nikki en un pedestal y se deja manipular por ella con la esperanza de conseguir su afecto en una relación romántica, pero al caer víctima de sus propios temores y la baja autoestima, recurre a la manipulación barata de seducirla en secreto tomando ventaja del objeto sobrenatural para usarla como objeto del deseo, quedando en el papel de un agresor y violador al aprovecharse de Nikki sin su consentimiento. Por desgracia, esta lectura es demasiado maniquea porque, en efecto, coloca al hombre blanco como el victimario y la muchacha latina como la víctima sin responder a interrogantes sobre sus acciones morales, señalando con el dedo sin ofrecer complejidad ni ambigüedad. 


Al margen de esto, la actuación de Michael Johnston es algo decente al comunicar con sus gestos la inseguridad de un muchacho engañado por sus propias fantasías masculinas como simp, aunque su personaje es unidimensional. Inde Navarrette, en cambio, me parece una revelación notable cuando emplea su expresividad para transmitir la histeria, el shock, el griterío y la obsesividad de una mujer psicopática, robándose cada escena en la que pone de manifiesto el comportamiento errático y obsesivo de Nikki. 


La dirección de Barker consigue encuadrar a sus actores, por lo menos, en una puesta en escena que deposita algunas virtudes en el uso del sobreencuadre, la elipsis, el fuera de campo, el primer plano, los decorados herméticos y las atmósferas claustrofóbicas fotografiadas por Taylor Clemons con una particular atención a los puntos de iluminación en las escenas de interiores. Barker también permite que se escuche la banda sonora electrónica de Rock Burwell. Ninguno de estos elementos, desafortunadamente, logran sacar a su película de los clichés desgastados y de los facilismos habituales del terror para dummies.



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Ficha técnica
Título original: Obsession
Año: 2025
Duración: 1 hr 48 min
País: Estados Unidos
Director: Curry Barker
Guion: Curry Barker
Música: Rock Burwell
Fotografía: Taylor Clemons
Reparto: Michael Johnston, Inde Navarrette, Cooper Tomlinson, Megan Lawless, Andy Richter
Calificación: 5/10
La marca del Zorro
En 1940, Rouben Mamoulian, uno de los directores más versátiles y estilizados de Hollywood, entregó con La marca del Zorro una nueva versión del clásico héroe enmascarado, iniciando así su entrada al cine de acción dentro del subgénero swashbuckler. Su película intenta funcionar como otra adaptación de la novela La maldición de Capistrano de Johnston McCulley, además de ser un remake de La marca del Zorro (1920). Dura apenas una hora y media, pero esto es más que suficiente como para hacerme saber que es una aventura de capa y espada entretenida de Mamoulian, que además mantiene cierta elegancia con las coreografías de esgrima y la presencia carismática de Tyrone Power como el mítico héroe enmascarado. 


La trama se ubica en la California mexicana de principios del siglo XIX y sigue a Don Diego Vega, un joven aristócrata educado en España que regresa a casa para encontrar su tierra oprimida por el corrupto gobernador Don Luis Quintero y el temible capitán Esteban Pasquale, a los cuales enfrenta por las noches adoptando la identidad secreta de Zorro, un vengador enmascarado que lucha por los campesinos y desafía a los tiranos. 


En general, esta premisa sencilla sirve como base para establecer el conflicto sobre las fórmulas habituales del cine de acción y la aventura de capa y espada, donde el héroe emplea sus habilidades con las armas y su ingenio para enfrentar a los villanos. El guion, por añadidura, se toma el tiempo necesario para desarrollar la psicología del protagonista sobre el juego de identidades, además de colocarlo en una serie de situaciones que guardan su factor sorpresivo detrás de los diálogos irónicos y la misión personal de Zorro como luchador de la justicia. 


De este modo, permanezco completamente enganchado en cada una de las escenas donde se muestra las actividades nocturnas en las que el Zorro combate contra los soldados antes de dejar su marca en forma de Z y subir la recompensa por su notoriedad; el plan del alcalde corrupto y su oficial para tratar de descubrir la identidad de El Zorro; el romance entre Diego y la hija del alcalde llamada Lolita; las discusiones de Diego con el fraile Felipe antes de revelarle su identidad; las maniobras astutas de El Zorro para robar el dinero de los abusivos impuestos cobrados por el alcalde y devolvérselo a los pueblerinos. 


En todas las escenas, Mamoulian combina la acción trepidante —saltos, duelos, persecuciones— en medio de un equilibrio narrativo que retiene cierta fluidez y ritmo para cohesionar el relato, además de procurar un comentario particularmente sutil sobre la injusticia, la corrupción burocrática y la ética del heroísmo. 


A pesar de ligeros facilismos, el asunto preserva su pulso por la actuación de Power en el rol protagónico. Su carisma natural brilla tanto en la faceta de Don Diego, un galán encantador y sarcástico que roba risas con su fingida debilidad, como en la de Zorro, un espadachín ágil, audaz y romántico; demostrando además su pericia física para las escenas del combate de esgrima que ponen de manifiesto su agilidad con la espada. Basil Rathbone, por su parte, interpreta al capitán Pasquale como un antagonista elegante, cruel y letal, que demuestra también una destreza particular para la esgrima. Ambos actores se lucen en la climática secuencia del duelo a muerte donde sus personajes chocan los sables con una coreografía tensa de maestría y movimiento. 


En este sentido, la dirección de Mamoulian logra encuadrar a sus actores en una puesta en escena que, por defecto, deposita sus virtudes en el diseño de vestuario, los decorados de la época, el primer plano, el plano panorámico, el sonido diegético y las atmósferas que se benefician de la iluminación encuadrada por la cámara de Arthur C. Miller. Mamoulian también permite que la banda sonora de Alfred Newman se destaque con su leitmotiv sinfónico. Estos elementos, en última instancia, hacen de su película un entretenimiento bastante sólido y memorable del cine clásico.



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Ficha técnica
Título original: The Mark of Zorro
Año: 1940
Duración: 1 hr 34 min
País: Estados Unidos
Director: Rouben Mamoulian
Guion: John Taintor Foote, Garrett Fort, Bess Meredyth
Música: Alfred Newman
Fotografía: Arthur C. Miller
Reparto: Tyrone Power, Linda Darnell, Basil Rathbone, Gale Sondergaard, Eugene Pallette, J. Edward Bromberg
Calificación: 7/10
Helena de Troya

Con una duración de tres horas y media, Helena de Troya es una película muda del director alemán Manfred Noa que constituye, en cierta medida, una adaptación sobre el poema La Ilíada de Homero, que durante muchos años se consideró parcialmente perdida hasta que fue reconstruida a partir de una versión encontrada en archivos suizos. Originalmente, fue estrenada en dos partes —El rapto de Helena y La caída de Troya— que adaptan el material literario con ciertas libertades creativas, aunque su producción fue tan costosa que perjudicó seriamente las finanzas de la productora Bavaria Film. 


La versión restaurada que he podido ver me hace pensar lo suficiente como para saber que, a una escala visual, es una epopeya silente que refleja la ambición de Noa para construir los escenarios enormes que reproducen la guerra de Troya, pero tropieza con debilidades narrativas que le quitan fuerza al relato como el talón de Aquiles, donde tengo la impresión de que el asunto tiende a volverse innecesariamente largo y desigual en algunas escenas melodramáticas. 


La trama, desarrollada a lo largo de varios años, sigue la travesía de Helena, la mujer más hermosa de Grecia y reina de Esparta que interrumpe el matrimonio con el rey Menelao cuando el príncipe troyano, Paris, inducido por las alucinaciones de Afrodita, la seduce para llevarla consigo a Troya, un acto que muchos consideran como un rapto antes de desencadenar una guerra que condena la familia troyana del rey Príamo. 


En términos generales, esta premisa tiene un arranque más o menos interesante que se manifiesta, entre otras cosas, por la manera en que rastrea las claves del relato homérico sobre una mezcla genérica entre la épica histórica y el drama romántico. El problema, sin embargo, es que el guion no desarrolla a los personajes fuera de las descripciones nimias y, a menudo, opta por colocarlos en un epicentro de acción expositiva que adolece de profundidad psicológica en cada una de las escenas de conversaciones y situaciones predecibles. 


En este sentido, permanezco en estado de abulia cuando se muestra la relación íntima entre Helena y Paris; la actitud del rey Príamo al rechazar las profecías sobre la caída de su reino; las habilidades de Aquiles como líder militar y héroe invencible; el plan del rey Menelao junto con su hermano Agamenón para invadir a Troya; la muerte de Héctor al ser atravesado por la lanza de Aquiles; la valentía de Paris al lanzar una flecha en el talón de Aquiles para derrotarlo; la estrategia de Ulises para poner fin a la guerra con el Caballo de Troya. 


Hay discusiones políticas, carreras de cuadriga, combates cuerpo a cuerpo, batallas interminables. Sin embargo, nada de esto evita una pérdida gradual de ritmo que, de igual modo, afecta la cohesión narrativa. Aunque se mantiene fiel al espíritu homérico, casi no hay sutileza detrás de los tópicos sobre el poder del amor, la búsqueda de gloria y el sufrimiento de la guerra. 


Por lo menos, las interpretaciones del reparto consiguen ofrecer algo de credibilidad. Edy Darclea encarna una Helena de gran presencia física y belleza etérea, aunque carece de matices. Vladimir Gajdarov aporta algo de expresión al timorato Paris. Y Carlo Aldini se roba casi todas las escenas al ejercer su corpulencia y rostro estoico para ponerse en la piel del héroe Aquiles. El resto del reparto también aporta autenticidad a los secundarios. 


Técnicamente, la dirección de Noa logra depositar sus virtudes sobre una puesta en escena que expone su uso del gran plano general, los efectos especiales de sobreimpresión, el diseño de vestuario y los decorados suntuosos que evocan la atmósfera mítica de la Antigüedad griega. Las secuencias de batallas, con coreografías bélicas y miles de extras en sets masivos, me parecen un testimonio del cine mudo alemán para tratar de alcanzar el esplendor épico, pero también un ejemplo de cómo la desmesura puede ahogar una historia mitológica hasta volverla fatigosa.



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Ficha técnica
Título original: Helena
Año: 1924
Duración: 3 hr 24 min
País: Alemania
Director: Manfred Noa
Guion: Hans Kyser
Música: N/A (muda)
Fotografía: Ewald Daub, Gustave Preiss
Reparto: Edy Darclea, Vladimir Gajdarov, Carlo Aldini, Carl de Vogt, Albert Steinrück, Adele Sandrock, Friedrich Ulmer
Calificación: 6/10
Citizen Vigilante

Citizen Vigilante es una película de Uwe Boll que, en cierta medida, marca el regreso de Armie Hammer al estatus de protagonista después de haber sido moralmente condenado por la cultura de la cancelación. El metraje de apenas 89 minutos me obliga a pensar lo suficiente como para saber que, como thriller tiene una actuación eficaz de Hammer junto a un comentario pertinente sobre la ética judicial y la corrupción institucional, pero, por desgracia, se ve ejecutado por una narrativa anodina y predecible que carece de gancho para poner las partes en orden. 


La trama, ubicada en una ciudad europea sin nombre, sigue a Michael Sanders, un enigmático empresario y exoficial del ejército estadounidense que se muda a Europa tras heredar un negocio inmobiliario, donde además de dedicarse a la actividad empresarial suele caminar por los vecindarios para cazar y eliminar a los delincuentes que cometen crímenes violentos antes de ser indultados bajo total impunidad, ejerciendo la labor de un asesino profesional que toma la justicia en sus manos y adquiere cierta notoriedad en las redes sociales. 


En general, esta premisa funciona como base para establecer el conflicto con las fórmulas del thriller de acción, en una estructura narrativa no lineal donde el protagonista frecuentemente narra todo durante un interrogatorio. Sin embargo, el guion de Boll no se toma la molestia de añadir sustancia al desarrollo de Sanders más allá de las descripciones que sustentan su motivación, además de que opta por reducir sus acciones a unas situaciones rutinarias que se limitan a giros rebuscados, diálogos expositivos y subtramas inconexas que nunca se resuelven. 


Estos inconvenientes narrativos se manifiestan, con frecuencia, en las ejecuciones de Sanders como justiciero despiadado que persigue a burócratas corruptos y matones impunes mientras es buscado por la policía; la investigación del jefe de la Interpol para arrestar al justiciero; la visita de Sanders a la casa de las mujeres que son víctimas de violación para ofrecer su apoyo y rastrear a los victimarios para matarlos. Además, la narrativa pierde el pulso al caer en secuencias repetitivas de reuniones, caminatas por las calles y asesinatos programados. 


Boll no sabe cohesionar el conjunto porque, entre otras cosas, recurre a violencia gratuita con la finalidad de mostrar un discurso sobre la ética judicial y la corrupción burocrática, entendida como la misión de venganza de un hombre que, en su accionar individual, elude los sistemas legales para perseguir criminales y "corregir" el sistema fallido. 


Este eje temático mantiene la coherencia al cuestionar las fallas institucionales y las políticas públicas de izquierda progresista que, en el caso de la Unión Europea, socavan la democracia importando inmigración descontrolada. A través de la ambigüedad moral del protagonista, se expone cómo jueces y funcionarios se ven atrapados entre el imperativo legal de proteger a los ciudadanos y las directrices políticas que exigen cuotas migratorias, multiculturalismo forzado y corrección ideológica por encima de la seguridad, el Estado de derecho y la cohesión social. Boll consigue exponer, de este modo, las contradicciones de estas políticas suicidas  —aumento de la delincuencia, caos migratorio, sobrecarga de servicios públicos y erosión de la confianza democrática— sin caer en lo didáctico. 


Hammer, de igual forma, entrega una interpretación que me resulta particularmente creíble al transmitir la rabia, la elocuencia y la frialdad de un antihéroe con un pasado oscuro hastiado de las autoridades que prostituyen la ley. Su trabajo es de lo poco que se sostiene con sus gestos, silencios y diálogos elocuentes. 


Técnicamente, la dirección de Boll presenta algunas deficiencias en el montaje errático, escenas innecesariamente largas y unas secuencias de acción con coreografías torpes, además de un uso mediocre del CGI que me recuerdan producciones de los años 2000. Pero, al menos, permite que la fotografía de Mathias Neumann capture la atmósfera ordenada y opresiva por esa textura compositiva que da la impresión de laberinto urbano. Desafortunadamente, nada de esto me impide pensar que esta película suya es demasiado convencional como para tomarla en serio.



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Ficha técnica
Título original: Citizen Vigilante
Año: 2026
Duración: 1 hr 30 min
País: Croacia
Director: Uwe Boll
Guion: Uwe Boll
Música: Rodolfo Matulich
Fotografía: Mathias Neumann
Reparto: Armie Hammer, Costas Mandylor, Désirée Giorgetti, Neb Chupin
Calificación: 5/10
Ghost in the Shell

La vigilante del futuro: Ghost in the Shell es una película de Rupert Sanders que, en cierta medida, intenta funcionar como un remake occidentalizado de aquella mítica película de anime Ghost in the Shell (1995). Lo que me encuentro en sus casi dos horas no se acerca ni de broma a la profundidad filosófica de la obra Mamoru Oshii porque, a decir verdad, tiene un apartado visual que se nota pulido en la superficie, pero su epicentro de acción se descarga sobre secuencias que carecen de gancho con su trama predecible sobre la cyborg fantasmal interpretada por Scarlett Johansson. 


La trama, situada en un futuro cercano, sigue a Killian, una agente que ha alcanzado el rango de Mayor en la Sección 9 de la unidad antiterrorista del gobierno, trabajando junto a los agentes Batou y Togusa bajo las órdenes del Jefe Daisuke Aramaki, con el fin de ejecutar misiones especiales para eliminar amenazas terroristas gracias a las mejoras cibernéticas implementadas por la corporación Hanka Robotics —su cuerpo artificial es una envoltura robótica que contiene su cerebro humano—; pero cuyo destino se ve interrogado con la llegada de un villano misterioso que se conecta a su pasado y es el responsable detrás de los asesinatos a ejecutivos de la empresa. 


Por añadidura, esta premisa estructura el conflicto narrativo sobre la base del thriller policial y la ciencia ficción de carácter cyberpunk, donde la protagonista busca respuestas a sus recuerdos fragmentados mientras ejerce sus habilidades para neutralizar a los objetivos. Sin embargo, el guion establece las coordenadas del material fuente sin llegar a ampliar lo suficiente el desarrollo de la protagonista y, a menudo, opta por conducir sus acciones por una serie de situaciones previsibles que no logran añadir algo distinto más allá de las secuencias de acción replicadas y los diálogos expositivos que tratan de lucir profundos. 


Estos inconvenientes solo consiguen que reciba con cierta indiferencia los asuntos que suceden con las discusiones que sostiene Killian con la doctora Ouelet para intentar comprender el laberinto de su pasado; las intenciones del empresario Cutter para ocultar las pruebas de los experimentos fallidos de su compañía; las operaciones policiales ejecutadas por Killian junto a Batou para rastrear a los responsables del incidente de la geisha hackeada. 


Hay misterio, tiroteos, persecuciones, explosiones, peleas cuerpo a cuerpo. Pero la trama simplifica la compleja exploración sobre la identidad, la conciencia y el alma ("ghost") en un cuerpo artificial ("shell"), dando lugar a planteamientos superficiales que disuelven la densidad filosófica para colgar una historia de venganza y conspiración bastante convencional, con giros anticipados y un tercer acto genérico. 


Además, el enfoque hollywoodense que le da Sanders cae en una zona rebuscada al elaborar su comentario sobre el impacto tecnológico y la inteligencia artificial bajo una capa maniquea que critica la función empresarial detrás de la innovación y, a la vez, reafirma de forma simplista el poder tecnocrático para controlar la tecnología (donde las corporaciones aparecen como entidades inherentemente siniestras, mientras que las agencias gubernamentales se presentan como guardianes necesarios de la ética y el orden). 


Al margen de esto, Johannson entrega una interpretación sólida: transmite la vulnerabilidad y la frialdad robótica de un ser que cuestiona su propia humanidad, aportando espíritu a un personaje que podría haber sido meramente mecánico. El elenco de apoyo, con Pilou Asbæk y Juliette Binoche, cumple su función sin desequilibrar. 


Dicho esto, la dirección de Sanders me resulta, por lo menos, algo aceptable al depositar sus mayores aciertos en el diseño de vestuario, los escenarios futuristas y las atmósferas fotografiadas por Jess Hall, que crean una distopía hipnótica con hologramas flotantes, neones vibrantes y paisajes urbanos. Sanders también deja que se escuche la banda sonora de Clint Mansell y Lorne Balfe con su ambient electrónico. Nada de esto, en resumen, evita que su remake me parezca una experiencia irregular que, pese a su estética cyberpunk, no consigue alcanzar el pulso requerido para no ser olvidable.



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Ficha técnica
Título original: Ghost in the Shell
Año: 2017
Duración: 1 hr 47 min
País: Estados Unidos
Director: Rupert Sanders
Guion: William Wheeler
Música: Clint Mansell, Lorne Balfe
Fotografía: Jess Hall
Reparto: Scarlett Johansson, Pilou Asbæk, Takeshi Kitano, Michael Pitt, Juliette Binoche
Calificación: 6/10