En El libro de imágenes, Jean-Luc Godard recupera su poética de la imagen con el propósito, supongo, de examinar algunos conflictos sociopolíticos actuales entre Occidente y Oriente, organizado por una estructuralidad de montaje que también le permite mostrar un collage de imágenes archivadas sobre la historia del cine, la complejidad del arte y los registros históricos. Tuvo su estreno en la sección de competencia del Festival de Cine de Cannes, donde el jurado le otorgó una "Palma de Oro Especial" por primera vez como homenaje a su trayectoria como cineasta (de 88 años en el momento de su estreno) y las rupturas estéticas mostradas por su película en sí misma.
Este reconocimiento, sin embargo, me invita a sospechar de la economía de prestigio festivalera porque, a decir verdad, me parece un ensayo visual estéril y particularmente vacuo, en el que Godard, con sus pretensiones formalistas, intenta reciclar la imagen-texto como un ejercicio de racionalismo estético que interroga de manera rebuscada el curso de la historia mediante el montaje, repitiendo referencias de Histoire(s) du cinéma (1998) y Adiós al lenguaje (2014), pero con escaso rigor argumentativo para defender su tesis política y filosófica.
La estructura argumental se divide en cinco partes compuesta por imágenes en movimiento de películas, pinturas, reportajes, fotografías, frases literarias y archivos históricos, acompañados además por piezas musicales clásicas mientras se provee narración en voice-over del propio Godard y Anne-Marie Miéville que concluye con el relato ficticio de Samantar y Ben Kadem en un país imaginario del Golfo llamado Dofa. Estos cinco capítulos (más una coda) señalan como los dedos de la mano y se titulan: “Remakes”, “Las tardes de San Petersburgo”, “Las flores entre los raíles en el viento confuso de los viajes”, “El espíritu de las leyes” y “La región central-La Arabia Feliz”.
En un principio, el asunto me resulta interesante por la manera en que Godard, apoyado sobre las fórmulas del documental rupturista de carácter poético-experimental y la estructura anacrónica de temporalidad heterogénea, se aproxima a cada uno de los "dedos narrativos" mostrando el cine clásico y moderno como examen de la historia del cine al testimoniar las atrocidades del siglo XX (la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, el ISIS, el conflicto israelí-palestino, entre otros) que continúan cometiéndose en nombre de la política en pleno siglo XXI, además de abordar el compromiso político del cineasta para denunciar con la imagen las estructuras de poder y las consecuencias de los avances tecnológicos de la sociedad de consumo en la transición de imágenes analógicas y digitales.
El problema fundamental, no obstante, es que Godard adopta una circularidad que debilita su proposición de la imagen-texto, donde las imágenes que chocan con las palabras tienden a construir un puente fragmentario de continuidad para establecer relaciones dialécticas de ideas dispersas "robadas" de otros. Por tal razón, la imagen-texto godardiana instaura una manipulación digital de los materiales robados que no produce nueva inteligibilidad porque, por añadidura, solo funciona como un asociación de ideas rebuscadas que se repiten sin orden "lógico" para esquematizar aquella hauntología derridiana que resuena en varias secuencias con los fantasmas del marxismo y exige una hermenéutica casi teológica para su decodificación.
El montaje elíptico de Godard invoca aquí estos "fantasmas" marxistas para hablar en clave dialéctica sobre artes, trenes, injusticias, revueltas, guerras, revoluciones, imperialismo, crímenes, violencia política, violencia de representación, decadencia occidental y romantización oriental; que aparecen como restos espectrales de un relato que ya no sostiene ninguna praxis teleológica. Queda, por lo tanto, una pulsión de muerte formal: la compulsión a repetir el gesto del choque para degradar la imagen hasta el límite de la legibilidad y hacer regresar el mismo material perdido de opresores y oprimidos como totalidad historicista. La película no piensa la muerte del "proyecto revolucionario", pues más bien la escenifica como goce estético-textual de la destrucción de sentido al confirmar su "extinción". Y la “verdad” que pretende hacer visible a través de la imagen-texto, en teoría popperiana, no es más que una construcción historicista no falsable que se vuelve selectiva e intelectualmente deshonesta por su memoria de la omisión sobre la condición humana.
En términos generales, la estética de Godard deposita algunas virtudes en el uso de la alteración cromática (brillo, contraste, saturación, color, blanco y negro), el primer plano, el sobreencuadre, la sobreimpresión, los intertítulos, el sonido diegético, el campo-contracampo. Estos elementos, en última instancia, le conceden cierta extrañeza visual a su experimentación sobre las mutaciones ontológicas de la imagen, pero, por desgracia, también documentan la fatiga formal y conceptual de un cineasta legendario que, a modo de testamento, deja su último largometraje como un manifiesto abierto de páginas en blanco.
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Título original: The Image Book (Le Livre d'image)
Duración: 1 hr. 28 min.
País: Francia, Suiza
Director: Jean-Luc Godard
Guion: Jean-Luc Godard
Música: N/A
Fotografía: Fabrice Aragno
Reparto (voces): Jean-Luc Godard, Anne-Marie Miéville
Calificación: 5/10






