El embajador del miedo es una película de John Frankenheimer que, hasta cierto punto, busca funcionar como un thriller ajustado a ese cine de Hollywood de los años 60 que subrayaba la paranoia política frente a la amenaza comunista durante la Guerra Fría. Está adaptada de la novela homónima de Richard Condon. Y se presenta como un thriller político en el que Frankenheimer, con su estilo sobrio, intenta narrar asuntos sobre anticomunismo y oportunismo partidista, pero constituye, en realidad, un ejercicio anodino que acumula deficiencias estructurales dentro de sus limitados marcos narrativos. Su trama, ubicada después de la Guerra de Corea, sigue las pesquisas de Bennett Marco, un mayor del ejército estadounidense que, atormentado por una pesadilla recurrente en la que su patrulla es emboscada y capturada por fuerzas comunistas en Manchuria, investiga el caso de su compañero, el sargento y héroe de guerra Raymond Shaw, que ha sido sometido a sesiones de lavado de cerebro que lo manipulan para asesinar a figuras políticas en medio de la campaña. En términos generales, esta premisa narrativa me parece interesante, en un principio, por la manera en que se combinan las fórmulas del cine bélico con el thriller político. El problema fundamental, no obstante, es que el guion adolece de una construcción narrativa previsible que, por lo regular, mantiene el desarrollo de los personajes sobre un inercia expositiva que debilita sus motivaciones, en una serie de situaciones circulares en la que la supuesta ambigüedad psicológica del protagonista se reduce a los clichés sobre el trauma bélico, donde se suele hablar más de lo necesario entre diálogos rebuscados, sin proporcionar un espacio para desarrollar su conflicto interno. Por tal razón, me asalta la abulia cuando observo los asesinatos metódicos del hipnotizado Shaw que se activan al obedecer las órdenes cifradas como códigos en las cartas de la reina de diamantes durante el solitario; los recuerdos traumáticos de Shaw y Marco cuando son lobotomizados por agentes chinos y soviéticos en la siniestra conferencia de un club de jardinería de mujeres; las discusiones de Shaw con su dominante madre Eleanor Iselin y su marido, el senador anticomunista John Yerkes Iselin; el complot de Eleanor para posicionar a su esposo como candidato presidencial durante la convención nacional del Partido Republicano; la investigación de Marco para destapar la conspiración a través del recuerdo inducido por la hipnosis y las acciones erráticas de Shaw como asesino programado. En lo estructural, el relato pierde cohesión interna porque, entre otras cosas, prioriza demasiado la resolución de subtramas innecesarias de personajes superfluos y giros argumentales que, a menudo, se anuncian con torpeza desde los diálogos. Las actuaciones del reparto comandado por Frank Sinatra y Laurence Harvey son unidimensionales, aunque Angela Lansbury se roba todas sus escenas como la madre sinuosa. Además, el barullo me resulta básico porque, dicho sea de paso, solo funciona para subrayar un comentario político sobre el poder y la manipulación, entendido como la misión de un hombre que responde al llamado del deber para detener a las células durmientes de operadores comunistas que se hacen pasar por civiles. Esta síntesis discursiva, por desgracia, carece de complejidad al arreglarse desde el sesgo ideológico demócrata que impregna toda la narración y que, en su afán propagandístico, demoniza sistemáticamente las políticas republicanas, asociándolas con el fanatismo paranoico y el oportunismo electoral, mientras blanquea el progresismo como la única alternativa racional y moderada frente a las amenazas totalitarias de la infiltración comunistoide. Al margen de esto, Frankenheimer dirige con su realismo singular, que se beneficia del empleo del primer plano, la elipsis, la analepsis, la sobreimpresión y, ante todo, las modalidades del encuadre móvil que intentan evocar una atmósfera de paranoia en blanco y negro fotografiada por Lionel Lindon. Estos recursos incorporados a la puesta en escena son correctos dentro de sus limitaciones, pero, en última instancia, son insuficientes para reducir las obviedades de su thriller político basado en el MKUltra.
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Título original: The Manchurian Candidate
Año: 1962
Duración: 2 hr. 06 min.
País: Estados Unidos
Director: John Frankenheimer
Guion: George Axelrod
Música: David Amram
Fotografía: Lionel Lindon
Reparto: Frank Sinatra, Laurence Harvey, Janet Leigh, Angela Lansbury, James Gregory, Leslie Parrish
Calificación: 5/10











