Peaky Blinders: El hombre inmortal

Peaky Blinders: El hombre inmortal es una película de Tom Harper que supone, en cierta medida, una continuación de la aclamada serie de televisión británica Peaky Blinders, que se emitió durante seis temporadas entre 2013 y 2022, poco antes de que su creador, Steven Knight, mostrara entusiasmo para alcanzar la conclusión de la historia en un largometraje luego de la sexta temporada. En lo particular, es un drama gansteril que cuenta con una actuación creíble de Cillian Murphy repitiendo el emblemático papel de Tommy Shelby, pero esto de alguna forma no es suficiente para elevar una trama predecible y genérica que atraviesa unos cuantos lugares comunes mientras explora temas de legado, trauma y redención en un contexto histórico de bombardeos y misiones secretas basadas en eventos reales. Su argumento, ambientado entre Birmingham durante el Blitz de la Alemani nazi en la Segunda Guerra Mundial, narra la odisea de Shelby como un hombre que vive aislado en su residencia, retirado de la vida pública después de la muerte de su hermano mayor Arthur y lidiando con los fantasmas del pasado que regresan para atormentarlo; mientras simultáneamente su hijo Duke dirige las actividades delictivas de los Peaky Blinders antes de negociar con un agente nazi que tiene el plan de someter económicamente al Reino Unido mediante la falsificación de grandes cantidades de moneda fabricada por los reclusos de los campos de concentración. En términos generales, esta premisa estructura la narrativa sobre las fórmulas convencionales del cine gansteril, en la que el gangster reformado retorna al mundo del crimen para saldar las deudas pendientes. El problema fundamental, no obstante, es que el guion de Knight, en su intento por mantenerse fiel al espíritu de la serie, incurre en momentos de exposición excesiva y diálogos que, en ocasiones, priorizan la mitología del protagonista sobre el desarrollo orgánico de la trama, a menudo manteniendo el conflicto central —la reconciliación familiar y las misiones de guerra— bajo un alcance limitado de situaciones que se resuelven de manera previsible y con giros efectistas que carecen de gancho. Por tal razón, la narrativa se vuelve algo repetitiva mostrando las acciones de Tommy como un gangster atormentado que regresa junto al leal Johnny Dogs a un Birmingham bombardeado para reestablecer el vínculo roto con su hijo y tomar el control de los Peaky Blinders; los asaltos cometidos por los Peaky Blinders liderados por Duke al destruir fábricas y robar municiones; la alianza de Duke con el nazi para destruir la economía británica inyectando dinero falsificado. Algunas subtramas, especialmente aquellas relacionadas al antagonista nazi John Beckett y las tareas gansteriles de Duke, se sienten subdesarrolladas, como relleno del protagonismo de Tommy. A pesar de estos inconvenientes, la interpretación de Murphy consigue robarse unas cuantas escenas al encarnar una vez más a Rom Baro con una intensidad contenida y una presencia magnética, mostrándolo como gánster protector y moralmente ambiguo que, detrás de la mirada glacial y las pocas palabras, carga consigo el peso psicológico (el estrés postraumático de pesadillas, visiones y episodios de melancolía) por las pérdidas en la guerra y los familiares fallecidos, mientras ejerce actos de violencia fumando cigarrillos con pistola en mano. A su lado, Barry Keoghan es algo notable como el violento hijo del gángster, aunque su personaje resulta superficial. Con ellos, Harper, al menos, concibe el asunto del mafioso en una puesta en escena que muestra algunos valores de producción en la auténtica reproducción de la época de los 40, el diseño de vestuario de los trajes elegantes y gorras Hatteras y, sobre todo, las atmósferas panorámicas encuadradas por una fotografía oscura y contrastada que evoca el estilo neo-noir de la serie original. La banda sonora, de igual modo, incorpora con solvencia una selección ecléctica y anacrónica que incluye canciones post-punk de Fontaines D.C. Nada de esto, desgraciadamente, evita que el epílogo de Tommy Shelby transite por las zonas regulares del cine gangsteril.



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Ficha técnica
Título original: Peaky Blinders: The Immortal Man
Año: 2026
Duración: 1 hr. 52 min.
País: Reino Unido
Director: Tom Harper
Guion: Steven Knight
Música: Antony Genn, Martin Slattery
Fotografía: George Steel, Ben Wilson
Reparto: Cillian Murphy, Rebecca Ferguson, Tim Roth, Barry Keoghan, Stephen Graham
Calificación: 6/10

En este artículo de esenciales, selecciono cinco películas de Akira Kurosawa para los cinéfilos que desean estudiar su filmografía.



Akira Kurosawa



Akira Kurosawa es uno de los cineastas más influyentes de la historia del cine. A través de su extensa carrera, dejó una huella profunda en el cine japonés e internacional, influyendo a directores de todo el mundo. Su estilo se caracteriza por su maestría en la narración visual y la profundización en temas universales como el honor, la moralidad, el poder y la fragilidad humana. 


Combinando una cinematografía épica con un enfoque íntimo en el desarrollo de personajes, Kurosawa utiliza composiciones visuales cuidadosas, paisajes dramáticos y una dirección precisa para crear atmósferas que capturan tanto la grandiosidad como los dilemas humanos. Influenciado por el teatro clásico japonés y la literatura occidental, su cine fusiona tradición y modernidad, siendo tanto filosófico como emocionalmente impactante, con una habilidad única para cruzar barreras culturales y temporales.


A continuación, se destacan cinco de sus películas más esenciales, en un recorrido que abarca desde el existencialismo humano hasta las épicas de samuráis.



5. Los siete samuráis (1954)



Los siete samuráis


Si hay una película que define a Kurosawa, es Los siete samuráis. Esta epopeya sigue a un grupo de samuráis contratados por un pueblo campesino para defenderse de los bandidos. La película es una meditación sobre el honor, el sacrificio, el heroísmo y el valor colectivo, y presenta una de las historias más cautivadoras del cine. La dirección de Kurosawa destaca por su manejo de la acción y su capacidad para desarrollar personajes complejos en medio de batallas espectaculares. Con sus 207 minutos, se convierte en un viaje épico que nunca pierde su ritmo. 



4. Trono de sangre (1957)



Trono de sangre


Trono de sangre es la interpretación de Kurosawa de "Macbeth" de Shakespeare, ambientada en el Japón feudal. La película cuenta la historia de Taketoki Washizu (interpretado por Toshiro Mifune), un samurái que, instigado por su esposa (Isuzu Yamada), comete asesinatos para ascender al poder, solo para ser consumido por la paranoia y la traición. Es un ejemplo sobresaliente del dominio de Kurosawa en la creación de atmósferas opresivas y visuales intensas. Utiliza la niebla y los paisajes desolados para subrayar el sentido de fatalidad que recorre la trama, donde centraliza sus proezas para construir una historia oscura sobre la ambición y el poder, salpicada de tensión psicológica. Se trata de una de las mejores adaptaciones cinematográficas de una obra de Shakespeare.



3. El cielo y el infierno (1963)



El cielo y el infierno


Kurosawa no solo era un maestro del drama y las epopeyas, también era un excelente director de thrillers. El cielo y el infierno es una de sus incursiones más conocidas en este género. Basada en la novela de Ed McBain, la película sigue a Kingo Gondo (interpretado por Toshiro Mifune), un empresario cuya vida da un giro drástico cuando el hijo de su chofer es secuestrado por error, creyendo que es su propio hijo. Con esta trama en marcha, aborda dilemas morales y la lucha de clases, con una intensidad que atrapa desde el primer momento por la forma en que combina la crítica social sobre un thriller policial, mostrando una vez más su versatilidad como director.



2. Ran (1985)


RAN


RAN es una de las películas más ambiciosas de Kurosawa, y una de sus últimas obras maestras. Inspirada en "El rey Lear" de Shakespeare, la película cuenta la historia del Señor Hidetora Ichimonji, un poderoso señor de la guerra que decide dividir su reino entre sus tres hijos. Esta decisión desata una serie de traiciones, violencia y caos que finalmente lleva a la destrucción de su familia y su imperio. "Ran", que significa "caos" en japonés, es una meditación visual sobre la ambición, la traición y el inevitable declive del poder. La escala épica de la película, combinada con su estética visual meticulosamente detallada, ofrece algunas de las imágenes más icónicas del cine, como los ejércitos enfrentándose en vastos paisajes o el protagonista deambulando en estado de locura por un castillo en llamas. El uso del color y la composición de Kurosawa es magistral, destacando la grandeza y la decadencia del poder humano.



1. Vivir (1952)


Vivir


Ikiru es quizás una de las películas más conmovedoras de Kurosawa. El título se traduce como "Vivir", y la trama sigue a Kanji Watanabe (interpretado de manera brillante por Takashi Shimura), un funcionario público que, tras ser diagnosticado con cáncer terminal, se enfrenta a la realidad de su vida vacía. A lo largo de la película, Watanabe emprende una búsqueda desesperada por encontrar significado y dejar un legado antes de morir. La película aborda temas profundos como la mortalidad, el sentido de la existencia y la burocracia indiferente. Honestamente se puede decir que es un estudio filosófico sobre lo que significa realmente vivir, y su discurso resuena aún hoy en la convulsa sociedad contemporánea. Es una película que invita a la reflexión y no deja de parecerme una de las obras más humanistas de su filmografía.

 
Police Story
Armas invencibles, conocida con el título original de Police Story, es una película de Jackie Chan que constituye, en cierta medida, la primera entrega en la popular franquicia suya de cine policial dentro del cine de acción hongkonés de los años 80 ofrecido por la productora Golden Harvest, en la que comenzó a trabajar de inmediato tras una experiencia decepcionante en The Protector (Glickenhaus, 1985), que pretendía ser su entrada al mercado cinematográfico estadounidense. Para poner a prueba las destrezas de Chan para las secuencias de acción, combina de manera aceptable artes marciales, comedia física y elementos de thriller policial; pero la historia del policía presenta limitaciones narrativas que frecuenta lugares comunes y se vuelve algo convencional, a pesar de los méritos técnicos que nadie en su sano juicio va a dudar. Su trama sigue las desventuras de "Kevin" Chan Ka-Kui, un agente de la policía de Hong Kong que, luego de participar en una operación encubierta en un barrio marginal para arrestar a un capo del crimen conocido como Chu Tao, tiene la difícil misión de proteger a una testigo del caso de los criminales que llegan para intentar eliminarla. En términos generales, esta premisa estructura la narrativa con una simplicidad que, en un principio, me mantiene atento a lo que le sucede a Kevin dentro de las fórmulas habituales del cine policial y la comedia slapstick. No obstante, el guion adolece de debilidades significativas para desarrollar a los personajes lejos de las descripciones triviales que sirven para ajustar sus motivaciones, reduciendo sus acciones a un esquema convencional de situaciones predecibles que solo funciona como pretexto para establecer el conflicto de la trama —un policía que protege a una testigo clave mientras enfrenta corrupción interna y un villano intocable— sobre los clichés del género “policía al límite”. En este sentido no puedo evitar recibir con indiferencia algunas de las escenas que veo entre las conversaciones de Chan con sus jefes en la jefatura de policía; la protección que provee Chan a la testigo luego de pelear contra unos matones en la calle; las discusiones de Chan con su novia celosa en el apartamento; la vergüenza de Chan durante un juicio que termina con la derrota de la fiscalía por manipulación de pruebas; la investigación de Chan al desafiar la autoridad para poner fin a los actos delictivos del gángster. Los personajes secundarios permanecen subdesarrollados y, con frecuencia, se ven relegados a roles reactivos o decorativos. Algunas subtramas resultan particularmente débiles, con diálogos forzados y encuentros poco convincentes. Además, la falta de equilibrio entre los gags cómicos de humor slapstick y los momentos de acción policial carecen de cohesión interna para arreglar los temas sobre la corrupción policial y la violencia organizada. El principal acierto reside en las secuencias de acción que, entre otras cosas, ponen de manifiesto las habilidades físicas y expresivas de Chan como un artista marcial que, entre la precisión atlética y la torpeza cómica, realiza la mayoría de las acrobacias sin dobles ni efectos especiales para agregar autenticidad y riesgo palpable a cada movimiento, bajo una planificación espacial que hace uso creativo de objetos cotidianos para dinamizar las peleas en entornos urbanos. Chan alcanza su punto máximo en las escenas clave —el enfrentamiento en el autobús con el paraguas y la climática persecución en el centro comercial donde termina deslizándose por un poste con luces eléctricas que explotan al caer al suelo— que destacan por su inventiva coreográfica y por su integridad física como intérprete. Esta aproximación suya humaniza al héroe de acción en el papel del policía ético, sobre todo al mostrarlo como alguien que sangra y comete errores mientras pelea con los tipos malos, pero, desafortunadamente, es incapaz de elevar los tropiezos narrativos de una trama regular sobre policías y ladrones.


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Ficha técnica
Título original: Police Story (Ging chaat goo si)
Año: 1985
Duración: 1 hr. 40 min.
País: Hong Kong
Director: Jackie Chan
Guion: Edward Tang
Música: Michael Lai, Tang Siu-Lam, J. Peter Robinson, Kevin Bassinson, Michael Lai
Fotografía: Cheung Yiu-Jo
Reparto: Jackie Chan, Brigitte Lin, Maggie Cheung, Charlie Cho, Chor Yuen, Fung Hak-On
Calificación: 6/10
El color púrpura

El color púrpura es una película de Steven Spielberg que, en cierta medida, busca funcionar como una adaptación cinematográfica de la novela homónima de Alice Walker. En los años 80, fue condenada por su representación maniquea de los afroamericanos. Esto lo observo en ella cuando paso dos horas y medias viendo sus escenas, donde consigo razonar lo suficiente como para saber que, a pesar de contar con actuaciones comprometidas de Whoopi Goldberg y Danny Glover, es un drama rural de Spielberg que tiende a volverse redundante al explorar sus asuntos sobre racismo, misoginia y abusos sistemáticos. Su trama, ambientada en el sur rural de Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo XX, narra la existencia de Celie, una afroamericana que, luego de haber sido violada por su padre abusivo y de cuidar a su hermana menor Nettie, sufre el destino de ser entregada en matrimonio a Albert "Mister" Johnson, un negro despreciable que también la maltrata en su residencia, poco antes de la llegada de su hermana de visita; pero cuya experiencia es estropeada cuando Mister intenta agredir sexualmente a Nettie y la echa de casa después de que ella se defendiera, aunque tanto ella como su hermana prometen escribirse tras la separación. En términos generales, la estructura narrativa se sostiene, en un principio, por la manera en que Spielberg adopta las claves de su poética de lo ordinario para sintetizar la desdicha a través de la perspectiva de una mujer negra frecuentemente abusada. El problema particular, no obstante, es que el guion no se toma la debida molestia de ampliar el desarrollo de los personajes más allá de las descripciones que arreglan sus motivaciones y, a menudo, opta por mantener el conflicto en una circularidad de situaciones predecibles que nunca sale de la rutina de caminatas por el campo y discusiones domésticas a puerta cerrada. En este sentido, permanezco aprisionado por la abulia al observar las acciones que se resuelven sobre las calamidades de Celie como una mujer sumisa a causa de los abusos; el comportamiento agresivo de Johnson para castigar a los que no se sometan a sus reglas; el vínculo afectivo que tiene Celie con la corista y amante de Mister llamada Shug Avery. A nivel estructural, todo avanza a un ritmo irregular repartiendo las peripecias de estos personajes, pero se precipita, entre otras cosas, porque solo recurre a coincidencias que restan credibilidad al arco de redención de Celie. Esto tiene como resultado que las escenas se monten sobre un comentario feminista rebuscado sobre el racismo, el sexismo y la condición de los afroamericanos en las regiones sureñas, pero entendido como el camino de emancipación de una mujer en condiciones de pobreza que, tras ocultar las cicatrices del dolor físico, se libera de los abusos domésticos de un misógino. Esta síntesis discursiva pierde profundidad porque, por desgracia, Spielberg opta por un maniqueísmo acomodaticio que, al mostrar a los estereotipos afroamericanos como víctimas y opresores, blanquea las injusticias sin profundizar en las raíces sistémicas del prejuicio racial. Al margen de esto, la actuación de Goldberg presenta un registro dramático sobrio cuando transmite con su rostro décadas de sufrimiento silenciado mediante gestos mínimos, miradas evasivas y una voz quebrada que evoluciona gradualmente hacia la afirmación. Glover también se une a ella con una interpretación bastante creíble como el esposo violento. Spielberg suele encuadrarlos en una puesta en escena que se beneficia, hasta cierto punto, por el uso dinámico del encuadre móvil, el diseño de vestuario, los decorados que reproducen la época con autenticidad y las panorámicas atmosféricas capturadas por Allen Daviau con cierto rigor naturalista a través de sus bellos paisajes rurales y los interiores cotidianos. La banda sonora de Quincy Jones, de igual modo, es decente con sus crescendos orquestales. Estos elementos, consiguen que su filme tenga algunos momentos interesantes, pero, desafortunadamente, no son capaces de mantener el cuadro emotivo fuera de las sensiblerías melodramáticas.



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Ficha técnica
Título original: The Color Purple
Año: 1985
Duración: 2 hr. 33 min.
País: Estados Unidos
Director: Steven Spielberg
Guion: Menno Meyjes
Música: Quincy Jones
Fotografía: Allen Daviau
Reparto: Whoopi Goldberg, Danny Glover, Oprah Winfrey, Akosua Busia, Laurence Fishburne, Margaret Avery
Calificación: 6/10

La película más reciente de Phil Lord y Christopher Miller representa un viaje por el espacio con Ryan Gosling piloteando la nave.



Proyecto Fin del Mundo



En Proyecto Fin del mundo, los directores Phil Lord y Christopher Miller apuestan a recuperar su poética del dúo con la finalidad, supongo, de que funcione como adaptación de la novela homónima de Andy Weir que duró varias semanas como best-seller en la lista del New York Times. Su enfoque, adoptado por el guion de Drew Goddard, es bastante similar a lo que pasa en El marciano (Scott, 2015), otra adaptación cinematográfica de la primera obra autopublicada de Weir que narra la ingeniosa supervivencia de un astronauta en Marte —también con guion de Goddard—. Pero traslada el asunto al espacio interestelar para subvertir los tropos del cine de ciencia ficción de Hollywood que a menudo toca el caso hipotético sobre el contacto alienígena. El alcance de esta premisa hizo que los productores de Metro-Goldwyn-Mayer adquieran temprano los derechos exclusivos del material y contrataran de inmediato a Ryan Gosling, que ya tiene experiencia en películas sobre el espacio luego de su rol en El primer hombre (Chazelle, 2018).


El metraje de casi tres horas me induce a razonar los suficiente como para saber, dicho sea de paso, que no está a la altura de su desmedida ambición por sus explicaciones científicas apresuradas y humor en medio de la crisis, algo que tiende estropear ligeramente algunas escenas redundantes. Sin embargo, encuentro que es una película de ciencia ficción dura que, como aventura interestelar, nunca pierde el pulso espectacular y entretenido con la presencia de Gosling como el astronauta perdido en el espacio, donde se me invita incluso a reflexionar con esas metáforas que sirven como base textual para interrogar cuestiones sobre la incomunicación y la ética de la cooperación humana.



Ryan Gosling


La trama, ambientada en un futuro no muy lejano, sigue la existencia de Ryland Grace (Ryan Gosling), un astronauta con amnesia temporal que, tras haber sido inducido a un coma médico, se despierta solo en una nave espacial a años luz de la Tierra, sin recordar quién es ni cómo ha llegado hasta allí, descubriendo a dos miembros muertos de su tripulación, en la que pone a prueba sus conocimientos como científico para comprender su entorno, mientras poco a poco recupera su memoria para entender el propósito de su misión: resolver el enigma de unos microorganismos alienígenas que aceleran la extinción del sol conocidos como astrófagos, los cuales circulan a través de una tenue línea infrarroja que va del Sol a Venus llamada la "línea Petrova" y, además, actúan como parásitos que consumen la energía de las estrellas, disminuyendo su brillo y temperatura, algo que podría causar un enfriamiento global catastrófico de la Tierra en 30 años. A medida que avanza, Grace recuerda sus días como profesor de secundaria y un infame biólogo molecular contratado por la NASA para ejecutar la misión, pero su objetivo cambia por completo al establecer un vínculo peculiar con un alienígena procedente del planeta Erid en otro sistema estelar al que llama "Rocky".



Ryan Gosling y Sandra Hüller


En términos generales, la narrativa se estructura bajo las fórmulas habituales del cine de ciencia-ficción dura que se halla en el imaginario de Weir traducido por Goddard, donde un protagonista convertido en superviviente aborda metódicamente los desafíos espaciales a través del método científico para cumplir su tarea. La diferencia radica en que ahora dicho protagonista es un profesor de ciencias obligado ser astronauta para salvar el mundo de una hecatombe. El guion de Goddard se apresura a dimensionar el barullo dejando algunas interrogantes flotando en un marco de exposición, pero me parece que funciona adecuadamente porque, por añadidura, construye el desarrollo de Grace sobre largos flashbacks que establecen un sustento sólido para las motivaciones descritas que impulsan el conflicto, en una serie de situaciones impredecibles que se originan de las acciones a puerta cerrada sobre experimentación científica y el extraño vínculo establecido por el contacto con el alienígena de aspecto rocoso en varias escenas.



En este sentido, no me queda más remedio que sentirme provocado por las peripecias que, entre comicidad y dinamismo, ocurren con el reclutamiento de Grace que ocurre en el pasado cuando Eva Stratt (Sandra Hüller) le ofrece la oportunidad de estudiar las muestras de astrófagos; los experimentos científicos en los que Grace descubre en su laboratorio y bajo la estricta vigilancia del gobierno que los astrófagos son una fuente de combustible volátil; el plan de Stratt —conocido como "Proyecto Ave María"— para aprovechar el combustible generado por astrófagos y enviar una tripulación en una misión suicida a Tau Ceti —la única estrella no infectada por astrófagos con la clave para rescatar el Sol— en una nave equipada con sondas llamada Ave María; la negativa de Grace de tomar el riesgo de continuar la misión del viaje de ida luego de un accidente; la investigación de Grace dentro de la nave Ave María en el espacio interestelar antes de acceder a comunicarse con el eridiano en su gigantesca nave extraterrestre de aleación de xenonita por la órbita de Tau Ceti; el enlace de comunicación frecuentado por Grace y por Rocky a través de la ecolocalización poco antes de colaborar juntos para alcanzar un mismo fin. Las secuencias en las que Grace y Rocky resuelven desafíos relacionados con astrofísica, química, biología y física de partículas se presentan de manera clara y emocionante, sin sacrificar rigor.



Ryan Gosling


La odisea espacial de estos personajes, además de presentarse a paso rítmico, me resulta particularmente interesante porque, entre otras cosas, ofrece un comentario algo sutil sobre la incomunicación, la resiliencia humana y la ética de la colaboración; pero entendido ahora como la convicción de un hombre inseguro y egoísta que, para despojarse de la irresponsabilidad que le impide avanzar en su identidad hermética, se dispone a colaborar éticamente con un alienígena que comparte el mismo propósito de auxiliar un planeta natal. Esto es específicamente cierto porque Grace, que en el pasado prefería trabajar aislado de los demás y optó por impartir clases en lugar asumir una labor científica, comprende la importancia de valorar la otredad con Rocky, a través de una eticidad de comunicación que le permite a ambos obtener un beneficio mutuo del intercambio de conocimiento. A pesar de que hay algunas pretensiones progresistas a nivel subtextual en sus asuntos sobre escepticismo, división y cambio climático, la idea es conceptualizada con una sutileza que celebra la capacidad de encontrar conexión incluso en las circunstancias más adversas, evitando además el error común de simplificar excesivamente la curiosidad científica al explicarla con elegancia mediante diálogos accesibles.



Al margen de esta síntesis discursiva, Gosling entrega una interpretación orgánica que, con su expresividad y mirada serena, demuestra su versatilidad para cargar la película entera sobre sus hombros. Interpreta a Grace como un hombre curioso, solitario, irresponsable, que en principio se niega a ser un héroe, pero que asume una determinación arriesgada en el proceso de reconstruir su memoria mientras trata de sobrevivir una misión que lo lleva a impedir un cataclismo que amenaza con extinguir la vida a escala planetaria, donde una amistad inesperada con el otro llamado Rocky significa que quizá no tenga que hacerlo solo. Gosling posee una extraña destreza para mostrar inteligencia sin arrogancia y vulnerabilidad sin debilidad, con un carisma natural que transforma cada escena de resolución científica en un momento de genuina satisfacción cuando llora, ríe y reflexiona ante la incertidumbre con el traje de astronauta; logrando además cierta pericia física cuando gira entornos de gravedad cero. La voz de James Ortiz, de igual modo, lo acompaña en varias escenas como alivio cómico recurrente, que ajusta su tono para interpretar a Rocky como un ser alegre e ingenioso de piedra que, como mecánico, nunca abandona la esperanza de seguir adelante como único sobreviviente de su nave.



Ryan Gosling


Como es habitual, los directores, Lord y Miller, encuadran la historia del astronauta y el extraterrestre en una puesta en escena que, desde los primeros minutos, manifiesta un carácter de urgencia. Mantienen un ritmo dinámico a lo largo de las más de dos horas y media, alternando hábilmente entre el presente en la nave, flashbacks terrestres y secuencias de acción contenidas que, a menudo, se sintetizan a través de dispositivos estilísticos como el primer plano, el plano subjetivo, la elipsis, el fuera de campo, el sonido diegético y el encuadre móvil de una cámara en movimiento de Greig Fraser que capta, asimismo, los espacios herméticos del interior de la nave por el ambicioso diseño de producción. Su espectáculo visual, fruto de unos efectos especiales que combinan elementos CGI y sets construidos, se subraya en los diseños de las naves y en las panorámicas imaginadas en el espacio que transmiten una sensación auténtica de vértigo, especialmente en la secuencia palpitante del planeta Adrián. También conceden cierta originalidad al diseño del alienígena Rocky como una araña de roca en una pequeña esfera presurizada, ya que su realización híbrida (práctica y digital) logra manifestar su personalidad sensible sin caer en la caricatura.


Estas propiedades, dicho sea de paso, consiguen que esta película de ciencia-ficción me atrape con su narrativa ágil, incluso cuando el humor característico del estilo de los directores, que surge de forma espontánea del ingenio de Grace y de las peculiaridades de la comunicación con Rocky, no me cause tanta risa. La interacción entre Grace y Rocky, por lo menos, se convierte en el corazón emocional del relato al explora temas de amistad interestelar, empatía transcultural y cooperación más allá de las diferencias biológicas ante la posibilidad de un primer contacto con inteligencia extraterrestre. A todo esto se añade una banda sonora de Daniel Pemberton que complementa espléndidamente la atmósfera con arreglos orquestales combinados con texturas electrónicas. No salgo de verla pensando que se trata de uno de los grandes eventos del género, pero descubro, en última instancia, que siempre mantiene la consistencia para ser emocionante y generar preguntas que educan sobre el potencial humano, algo que es ya raro de ver con frecuencia en los blockbusters de Hollywood.



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Ficha técnica
Título original: Project Hail Mary
Año: 2026
Duración: 2 hr. 36 min.
País: Estados Unidos
Director: Phil Lord, Christopher Miller
Guion: Drew Goddard
Música: Daniel Pemberton
Fotografía: Greig Fraser
Reparto: Ryan Gosling, Sandra Hüller, Milana Vayntrub, Lionel Boyce, James Ortiz (voz)
Calificación: 7/10

Tráiler de Proyecto Fin del mundo



Luna azul

Luna azul es una película de Richard Linklater que, en cierta medida, intenta narrar la trágica existencia del letrista estadounidense Lorenz Hart, quien junto al compositor Richard Rodgers tuvo una época de grandes éxitos en los musicales de Broadway durante los años 30 y 40 como "Blue Moon","Manhattan" y "My Funny Valentine". A pesar de la actuación comprometida de Ethan Hawke, francamente me parece un biopic bastante desabrido de Linklater, como whisky amargo, cuya meditación rebuscada sobre la obsolescencia artística, el alcoholismo y el desamor se convierte, en efecto, en un ejercicio agotador de verborragia estéril y autocomplacencia narrativa. Su trama, ambientada en una sola noche de 1943, sigue a Hart cuando visita el bar de un restaurante, donde se sienta a fumar cigarros y a tomar tragos mientras espera la celebración del estreno del musical Oklahoma! que ha escrito su antiguo socio Rodgers con Oscar Hammerstein II, algo que lo desequilibra emocionalmente antes de verse con una enamorada suya que es estudiante de Yale de 20 años llamada Elizabeth Weiland. En términos generales, esta premisa narrativa se estructura sobre las fórmulas del biopic convencional, en la que se muestra la vida oscura de un escritor que se refugia en el alcohol para olvidar el pasado, pero a partir del dispositivo del in media res en el que la historia arranca con la muerte trágica de este antes de presentar un largo racconto. El problema fundamental, sin embargo, es que el guion opta por desarrollar las motivaciones intrínsecas del personaje sobre una circularidad de diálogos expositivos que, por lo regular, mantienen sus acciones dentro de una densidad verbal que le resta profundidad dramática a las situaciones que estructuran su conflicto interno, sin añadir sustancia a las descripciones obvias que se arreglan entre anécdotas rebuscadas y referencias literarias a puerta cerrada. Por tal razón, soy incapaz de salir del lapso de abulia que me provoca ver las conversaciones de Hart con el bartender mientras insinúa su homosexualidad latente y habla con verborrea de esnob sobre su propia carrera; la plática que Hart sostiene con el afamado escritor E.B. White sobre la profesión de escribir; la discusión en la que Hart busca convencer a Rodgers para colaborar de nuevo en un musical; la conversación privada en el guardarropa donde Hart y Elizabeth intercambian sus secretos sobre amores no correspondidos. Todo permanece situado en un registro dialógico muy acomodaticio que suena más a ejercicio de taller de escritura que a conversación humana, en el que Linklater tiende a repetir su típica poética de lo conversacional, pero sin agregar complejidad psicológica más allá de las trivialidades y de las frases de doble sentido que blanquean la superficie del personaje. Además, las escenas solo responden a una síntesis discursiva algo banal sobre la crisis creativa y el vacío afectivo; entendido como el declive de un letrista afectado por la soledad y la depresión que busca refugio en el alcohol para castigarse a sí mismo por las decisiones erráticas de su vida privada que condujeron a la ruptura con su previo colaborador y con las personas que verdaderamente amaba. Al margen de esto, la interpretación de Hawke es algo aceptable cuando aprovecha el maquillaje para interpretar, con sus gestos exagerados, a un hombre ególatra que se expresa sin pausa sobre su ombliguismo lírico, aunque rara vez logra que uno sienta genuina empatía por la presunta vulnerabilidad de su personaje. Linklater lo encuadra en una puesta en escena funcional, en la que apenas se subraya de manera aceptable el diseño de vestuario y los decorados en los espacios interiores, aunque no hay riesgo formal porque, entre otras cosas, casi todo se reduce a planos medios y primeros planos que capturan rostros hablando sin descanso. Esto tiene como resultado, en última instancia, que su drama biográfico, a menudo aburrido, se sienta como una oportunidad perdida para explorar a uno de los letristas emblemáticos del siglo XX.



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Ficha técnica
Título original: Blue Moon
Año: 2025
Duración: 1 hr. 40 min.
País: Estados Unidos
Director: Richard Linklater
Guion: Robert Kaplow
Música: Graham Reynolds
Fotografía: Shane F. Kelly
Reparto: Ethan Hawke, Margaret Qualley, Bobby Cannavale, Andrew Scott
Calificación: 4/10
El embajador del miedo

El embajador del miedo es una película de John Frankenheimer que, hasta cierto punto, busca funcionar como un thriller ajustado a ese cine de Hollywood de los años 60 que subrayaba la paranoia política frente a la amenaza comunista durante la Guerra Fría. Está adaptada de la novela homónima de Richard Condon. Y se presenta como un thriller político en el que Frankenheimer, con su estilo sobrio, intenta narrar asuntos sobre anticomunismo y oportunismo partidista, pero constituye, en realidad, un ejercicio anodino que acumula deficiencias estructurales dentro de sus limitados marcos narrativos. Su trama, ubicada después de la Guerra de Corea, sigue las pesquisas de Bennett Marco, un mayor del ejército estadounidense que, atormentado por una pesadilla recurrente en la que su patrulla es emboscada y capturada por fuerzas comunistas en Manchuria, investiga el caso de su compañero, el sargento y héroe de guerra Raymond Shaw, que ha sido sometido a sesiones de lavado de cerebro que lo manipulan para asesinar a figuras políticas en medio de la campaña. En términos generales, esta premisa narrativa me parece interesante, en un principio, por la manera en que se combinan las fórmulas del cine bélico con el thriller político. El problema fundamental, no obstante, es que el guion adolece de una construcción narrativa previsible que, por lo regular, mantiene el desarrollo de los personajes sobre un inercia expositiva que debilita sus motivaciones, en una serie de situaciones circulares en la que la supuesta ambigüedad psicológica del protagonista se reduce a los clichés sobre el trauma bélico, donde se suele hablar más de lo necesario entre diálogos rebuscados, sin proporcionar un espacio para desarrollar su conflicto interno. Por tal razón, me asalta la abulia cuando observo los asesinatos metódicos del hipnotizado Shaw que se activan al obedecer las órdenes cifradas como códigos en las cartas de la reina de diamantes durante el solitario; los recuerdos traumáticos de Shaw y Marco cuando son lobotomizados por agentes chinos y soviéticos en la siniestra conferencia de un club de jardinería de mujeres; las discusiones de Shaw con su dominante madre Eleanor Iselin y su marido, el senador anticomunista John Yerkes Iselin; el complot de Eleanor para posicionar a su esposo como candidato presidencial durante la convención nacional del Partido Republicano; la investigación de Marco para destapar la conspiración a través del recuerdo inducido por la hipnosis y las acciones erráticas de Shaw como asesino programado. En lo estructural, el relato pierde cohesión interna porque, entre otras cosas, prioriza demasiado la resolución de subtramas innecesarias de personajes superfluos y giros argumentales que, a menudo, se anuncian con torpeza desde los diálogos. Las actuaciones del reparto comandado por Frank Sinatra y Laurence Harvey son unidimensionales, aunque Angela Lansbury se roba todas sus escenas como la madre sinuosa. Además, el barullo me resulta básico porque, dicho sea de paso, solo funciona para subrayar un comentario político sobre el poder y la manipulación, entendido como la misión de un hombre que responde al llamado del deber para detener a las células durmientes de operadores comunistas que se hacen pasar por civiles. Esta síntesis discursiva, por desgracia, carece de complejidad al arreglarse desde el sesgo ideológico demócrata que impregna toda la narración y que, en su afán propagandístico, demoniza sistemáticamente las políticas republicanas, asociándolas con el fanatismo paranoico y el oportunismo electoral, mientras blanquea el progresismo como la única alternativa racional y moderada frente a las amenazas totalitarias de la infiltración comunistoide. Al margen de esto, Frankenheimer dirige con su realismo singular, que se beneficia del empleo del primer plano, la elipsis, la analepsis, la sobreimpresión y, ante todo, las modalidades del encuadre móvil que intentan evocar una atmósfera de paranoia en blanco y negro fotografiada por Lionel Lindon. Estos recursos incorporados a la puesta en escena son correctos dentro de sus limitaciones, pero, en última instancia, son insuficientes para reducir las obviedades de su thriller político basado en el MKUltra.



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Ficha técnica
Título original: The Manchurian Candidate
Año: 1962
Duración: 2 hr. 06 min.
País: Estados Unidos
Director: John Frankenheimer
Guion: George Axelrod
Música: David Amram
Fotografía: Lionel Lindon 
Reparto: Frank Sinatra, Laurence Harvey, Janet Leigh, Angela Lansbury, James Gregory, Leslie Parrish
Calificación: 5/10