Este largometraje marca la incursión del cineasta francés Jacques Audiard en el género del musical para hablar sobre el crimen y la identidad.
En Emilia Pérez, el realizador francés Jacques Audiard recurre nuevamente a su poética de la identidad con la finalidad, supongo, con entablar un diálogo con los temas de la posmodernidad que se adaptan a su modelo discursivo, de esos personajes rotos que desean cambiar su vida delincuencial para encontrar alguna redención haciendo lo correcto. Lo enfatiza de una manera similar en la insulsa De latir, mi corazón se ha parado, en la que un hombre de 28 años debe elegir entre llevar una vida criminal con su padre en un turbio negocio inmobiliario o convertirse en un pianista como su difunta madre lo fue, donde la barrera lingüista y la música desempeña un papel preponderante para establecer su síntesis discursiva. Sin embargo, esta vez deconstruye el dilema sobre las bases genéricas del musical para hablar del clima sociopolítico y la corrupción montada por el narcotráfico en México, pero ahora desde la óptica de un hombre que se autopercibirse como mujer trans. Por esta ecuación recibió una ovación de pie de más de diez minutos en la pasada edición del Festival de Cine de Cannes, donde ganó el Premio del Jurado.
En las dos largas horas que dura, en ocasiones, trato de razonar sobre qué película fue la que vieron aquellos cronistas en Cannes para aplaudir durante tanto tiempo y complacer las necesidades del equipo de mercadeo. Audiard es conocido por su pericia para manejar emociones complejas y personajes vulnerables en circunstancias profundamente humanas, como lo presenta en Lee mis labios, Un profeta y Dheepan. Pero aquí, no obstante, su musical permanece en una zona artificiosa que, a menudo, explota a personajes unidimensionales que bailan unas cuantas canciones sin gracia para tratar de sintetizar su comentario banal sobre identidad, perdón y redención, en una fábula caricaturizada de la cultura mexicana que, por momentos, glorifica el narcotráfico antes del castigo moral a la hora pautada, a pesar de la actuación notable de Zoe Saldaña que refleja su habilidad natural para el baile que aprendió mientras vivía en República Dominicana. Es simplemente imposible que sea más previsible.

La trama de la protagonista se ambienta en la contemporaneidad de México y sigue las experiencias de Rita Castro (Zoe Saldaña), una abogada mexicana que, luego de redactar la defensa en un caso de asesinato que involucra a la esposa fallecida de un burócrata corrupto de los medios de comunicación (cargando con la impotencia de argumentar que la víctima se suicidó para limpiar la culpabilidad del cliente machista que la mató), acepta la oferta del capo de un cártel llamado Juan "Manitas" Del Monte (Juan Carlos Gascón), quien le ofrece una enorme suma de dinero para que se encargue de gestionar el proceso legal necesario para someterse, de forma encubierta y a espaldas de su familia, a una cirugía de afirmación de género y comenzar una vida nueva como mujer trans, alejada de los crímenes perversos que ha cometido a lo largo de su trayectoria como narcotraficante. Esta motivación impulsa a Rita a ser mostrada como una mujer que, al escuchar la disforia de género de Manitas y, ante todo, por el hartazgo con las irregularidades del sistema judicial, se dispone a asesorar desde el anonimato al narcotraficante que se autopercibe como mujer y escoge el nombre de Emilia Pérez (Karla Sofía Gascón como nuevo nombre de Juan Carlos Gascón) para calmar su deseo de autocomplacencia.
En una primera mitad, Audiard muestra el ascenso de Rita cuando esta ayuda al narcotraficante a realizar el procedimiento quirúrgico de transición de género en la sala de un cirujano especializado en vaginoplastia y, además, conecta con su familia compuesta por su esposa Jessi (Selena Gómez) y los dos hijos que luego son enviados a Suiza por su seguridad; mientras se ocupa del asunto legal para falsificar la muerte del cliente y entregarle los papeles correspondientes a su identidad “femenina”. En la segunda, en cambio, narra el reencuentro de negocios que se produce cuatro años después cuando Rita, establecida como una abogada prestigiosa con dinero del narco, toma el encargo de la poderosa Emilia (que ahora aparenta ser una “mujer bondadosa de sociedad”) para traer a Jessi y los niños de regreso a la Ciudad de México con el objetivo de que ellos vivan juntos en su mansión; mientras, por el otro lado, Emilia, que oculta su verdadera identidad al fingir que es una prima lejana de Manitas que voluntariamente anhela criar a los niños, busca redimirse por los pecados del pasado al abrir una organización sin fines de lucro que utiliza sus conexiones con los miembros encarcelados del cártel para rastrear e identificar los cuerpos de las víctimas desaparecidas de la violencia del narcotráfico.
El problema que encuentro, sin embargo, es que el argumento cae en la redundancia cuando narra la odisea aburrida del narcotraficante que se somete a una cirugía de reasignación de género y afronta una nueva identidad como mujer falsificada. De entrada, los personajes carecen de un desarrollo psicológico ajustado más allá de las descripciones del guion que solo sirven para producir intercambios superfluos y lanzar números musicales para repetir lo obvio, donde las acciones de la abogada inmoral y del narcofilántropo convertido en mujer sintética se reducen al canto y los bailes, sin un solo ápice de sutileza cuando regalan con gratuidad el ejercicio musical que se mezcla el melodrama criminal. En lugar de profundizar en los dilemas internos de Rita o en los desafíos sociales que enfrenta Emilia, el guion se apoya excesivamente en actos musicales vacíos y diálogos sin gancho como excusa para justificar sus motivaciones.
De esta manera, para mí resulta fácil descifrar las situaciones que se generan por las decisiones ético-morales de los personajes. Se sabe poca cosa de Rita lejos de la capa descriptiva que la subraya como una abogada que tira la ética por la ventana para cooperar y satisfacer los caprichos de un narcotraficante. Jessi es solo la esposa trofeo del narcotraficante que quiere llenar el vacío afectivo que la mantiene en estado de inseguridad permanente y la obliga a tener un amante involucrado también en el narco. Y Emilia, en su impulso de normalizar una conducta autodestructiva, carece de una profundidad que sea lo suficientemente auténtica como para dimensionar su vulnerabilidad y la crisis de identidad con lo que inclina su brújula de moralidad.
En términos hermenéuticos, Audiard explora las implicaciones de la culpa, el perdón y la identidad para esquematizar una parábola sobre redención personal que se entiende, dicho sea de paso, como la lucha de un narcotraficante insatisfecho con su cuerpo masculino que, negando su salud mental, asume la feminización no solo para subsanar el capricho de ser una mujer fabricada por esa cirugía estética que borra cualquier rastro de sexo biológico, sino, además, para apaciguar el aparente remordimiento que surge cuando se da cuenta de que todavía está a tiempo para adaptarse a una nueva vida que le permita corregir los errores fuera del ojo de la justicia y las bandas rivales. Esto es específicamente cierto cuando, de la noche a la mañana, Emilia, en su labor caritativa, se redime usando su dinero lavado del narco para financiar “La Lucecita” como una organización encargada de recuperar los cadáveres de aquellos ciudadanos que fueron asesinados por los sicarios de distintos carteles; mientras Rita, la abogada absorbida por la inmoralidad, es solo un instrumento manipulativo para lograr este fin. A modo subtextual también señala brevemente la corruptela y la inoperancia del gobierno mexicano para combatir el narcotráfico, lo cual es acertado. Sin embargo, permanece en puntos suspensivos al frecuentar lugares comunes.
Este grosor maniqueísta, motorizado por los estudios de género, vuelve bastante predecible las acciones de los personajes (se sabe que el asesino transformado será tratado con condescendencia, va ser condenado en el clímax y que, por lo tanto, la única alternativa que le queda es morir luchando como héroe en la cárcel del dominio heteronormativo para preservar su dignidad) porque, entre otras cosas, solo funcionan como figuras acartonadas que son tratadas con algo de indulgencia cuando pasean en una serie de capítulos inconexos y absurdos que minan los intentos de empatía. Los inconvenientes de Rita y Emilia se resuelven con mucha facilidad en su musical pop sobre narcos caritativos. En su afán por desmontar tabúes sobre la identidad de género y desafiar los estereotipos comúnmente asociados al machismo del narco, también caen en una inercia que blanquea el narcotráfico a perpetuidad y somete sus interacciones al recurso narrativo del melodrama musical para reiterar las extravagancias situacionales que tropiezan en más de una ocasión con el ritmo poco cohesionado. Esto solo trivializa la experiencia de las personas que se identifican como transgénero, banaliza la dignidad de las verdaderas mujeres biológicas y perpetúa la cualquierización de los inocentes asesinados por el narco.
Emilia Pérez, en resumen, es un musical que no tiene ni la chispa ni el alma para mantener iluminado su cuento sobre el narco que quería cambiar. Alterna entre escenarios estrafalarios y escenas íntimas sin hallar un equilibrio adecuado entre tanto caos. Se puede rescatar, desde luego, algunos de los valores estéticos que se revelan a lo largo del metraje en los decorados estrambóticos, el maquillaje y el vestuario, las atmósferas urbanas, la psicología del color y el uso elegante del encuadre móvil para añadir dinamismo a los musicales. Las canciones, escritas con líricas de Camille, no me provocan ninguna reacción emocional, pero descubro, al menos, que son integradas con cierta pretensión para describir los estados de ánimo de los personajes, como sucede en casi todos los musicales en los que el recurso sonoro es la vía de escape de los protagonistas para negar los golpes duros de la vida cotidiana. Las actrices ni siquiera tienen talento para cantar, además de que el acento mexicano se escucha fingido. Solo las canciones “Perdóname” y “Las damas que pasan”, cantadas durante el final trágico, me pasan por los oídos. Todo lo demás es demasiado torpe como para ser tomado en serio en su tesis de santificar narcos. Creo, sin lugar a dudas, que se trata de una de las películas más inanes del cineasta francés.
Streaming en:
País: Francia
Director: Jacques Audiard
Fotografía: Paul Guilhaume
Reparto: Zoe Saldana, Karla Sofía Gascón, Selena Gomez, Adriana Paz, Edgar Ramirez
Calificación: 5/10
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