Crítica de la película «Su olor» (2018)

Su olor

Tras unas cuantas temporadas sin acercarme al cine del cineasta independiente Alex Ross Perry, regreso a su filmografía con el visionado de Su olor, una película en la que vuelve a colaborar con Elisabeth Moss tras la espléndida Reina de la Tierra (2015). Puedo decir, sin temor a equivocarme, que Moss ofrece aquí una actuación notable que se roba toda las escenas, pero, por desgracia, el retrato sobre la estrella de rock autodestructiva es innecesariamente largo y casi no tiene un pulso dramático que se escape del artificio calculado. La trama se ambienta durante los años 90 y sigue un fragmento de Becky Something, la vocalista de una popular banda de punk rock que, detrás de los escenarios, asiste a su propia ceremonia de caos y autodestrucción; mientras adopta un comportamiento insoportable que la aleja de sus propias compañeras de banda, de su exesposo y su hija, de su mánayer y de cualquier colaborador que se entrometa en su inevitable descenso al abismo. En términos generales, la narrativa sigue al pie de la letra aquel manual del drama musical sobre rock, donde se muestra en un par de escenas los dilemas éticos y morales de una estrella de rock en decadencia. El arranque es, desde luego, un poco interesante cuando se presenta la volatilidad de la protagonista a través de cinco escenas larguísimas. El problema central, no obstante, es que el tono desigual sube y baja el volumen sin pedir permiso, dejando a los personajes en una superficie acomodaticia en la que surgen conflictos triviales que solo funcionan para darle impulso a la psicología fracturada de Becky sin ningún propósito en específico. En este sentido, siento que los personajes carecen de profundidad y, a menudo, sus acciones se reducen a una serie de situaciones reiterativas que tienden a subrayar demasiado el horizonte de obviedades que se presenta en la larga sesión de grabación del próximo álbum de la banda que termina en frustración y renuncias; la negación de Becky para aceptar que el tiempo le pasó por encima y ya no es famosa como antes; la etapa sobria en la que Becky, ya retirada, descubre el valor del vínculo maternofilial con su pequeña hija. El rastro dialógico, en general, expone las vicisitudes de la artista para sintetizar un comentario feminista bien soterrado sobre los sacrificios de la maternidad, pero entendido ahora como la irresponsabilidad de una estrella de rock egocéntrica que descubre, en medio su caótica existencia, la necesidad de ser una madre responsable para cuidar a su hija como nunca la quisieron a ella. La interpretación de Moss consigue captar, con su mirada y los gestos de su rostro, la personalidad de una mujer ciclotímica que cambia abruptamente los estados de ánimo para ocultar las heridas personales que la condujeron a llevar una vida errática, egoísta, agresiva, infeliz, depresiva, desordenada y completamente absorbida por los excesos de la fama (a través de los diálogos y las líricas de las canciones se revela lentamente el cuadro disfuncional de su familia). La expresividad de Moss opera en un nivel que simplemente oscurece a todo el que se le acerca. Y Perry, entre otras cosas, aprovecha su registro expresivo para dimensionar las características de Becky con cuestiones formales como el primer plano, la elipsis, el encuadre móvil y el sobreencuadre que se complementa sobre un material de archivo encontrado que parece como si estuviera filmado con una cámara de los 90. La música, de igual modo, se integra con consistencia en algunas escenas puntuales. Pero, desafortunadamente, ninguno de estos elementos logra añadirle algo de sustancia a la rutina de la rockera corrosiva con el pelo rubio y guitarra en mano.


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Ficha técnica
Título original: Her Smell
Año: 2018
Duración: 2 hr. 16 min.
País: Estados Unidos
Director: Alex Ross Perry
Guion: Alex Ross Perry
Música: Keegan DeWitt, Alicia Bognanno
Fotografía: Sean Price Williams
Reparto: Elisabeth Moss, Amber Heard, Cara Delevigne, Dan Stevens, Agyness Deyn
Calificación: 6/10

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